Maximiliano de Habsburgo, archiduque de Austria, nació en París en 1961 en el seno de una familia marcada por la historia europea. Sin embargo, él relativiza ese peso y comenta que todo el mundo le llama Maxi, nada de títulos nobiliarios. “He tenido una infancia muy normal; este apellido forma parte de la historia, pero no de mi día a día”, asegura. Esa mirada práctica, y un fuerte sentido de la responsabilidad social han definido su vida y su trayectoria.En los años ochenta llegó a Madrid para aprender español y se encontró con una ciudad en plena ebullición. “Viví la movida madrileña como tantos jóvenes”, recuerda. Aquel contexto le permitió conocer de cerca el mundo de la noche y las drogas, una experiencia que, con el tiempo, adquiriría un significado mucho más profundo. El punto de inflexión llegó con la muerte de su hermana Elisabeth a los 26 años. Él tenía 20. “Fue un golpe durísimo. Ahí entendí realmente lo que suponen las adicciones”, explica. Ese episodio marcó un antes y un después. “Sentí que tenía que hacer algo, no podía quedarme de brazos cruzados”.Tras colaborar con La Casa del Pobre, en 2001 fundó la Fundación Recal, que comenzó con recursos muy modestos. “Empezamos con un piso, ayudando como podíamos, casi de forma artesanal”, recuerda. Se profesionalizaron con el método Minnesota, y hoy es un centro de referencia en el tratamiento de adicciones. Pero mantiene el mismo espíritu. “Lo importante sigue siendo acompañar a la persona y a su familia”, afirma.Tras más de dos décadas de trabajo, reconoce que hay un ámbito que le preocupa especialmente, el de las personas mayores. “Es un problema muy invisibilizado y, en muchos casos, más grave”, advierte. Y lanza un mensaje claro, que “la adicción no es un vicio, es una enfermedad, y hay que tratarla como tal”.Usted nació en Francia en 1961, en el seno de una familia con una gran carga histórica. ¿Cómo recuerda su infancia y qué tipo de ambiente se respiraba en su hogar?La recuerdo como una infancia bastante normal, sinceramente. Es verdad que había una conciencia de pertenecer a una familia con historia, pero no era algo que marcara el día a día. En casa se nos educó con mucha naturalidad, sin excesos, con disciplina pero también con cercanía. Más que el peso del apellido, lo que estaba presente eran los valores, el respeto, la responsabilidad y la idea de que uno tiene que aportar algo positivo a la sociedad.Creciendo dentro de la familia Habsburgo, ¿qué valores le inculcaron que hoy siguen presentes en su vida?Sobre todo la honestidad y el sentido de responsabilidad. La idea de que, si uno tiene ciertos privilegios o herramientas, tiene que utilizarlos para ayudar a los demás. También una cierta vocación de servicio, que no necesariamente tiene que ser pública o política, pero sí útil. Eso es algo que con los años he intentado aplicar en mi vida profesional.Mi hermana murió siendo muy joven; ahí tomé conciencia real del problema y sentí la necesidad de implicarmeMaximiliano de HabsburgoHay un momento clave en su vida: la pérdida de su hermana a causa de las drogas. Si se siente cómodo compartiéndolo, ¿cómo transformó esa experiencia su rumbo personal?Sí, fue un punto de inflexión total. Mi hermana murió siendo muy joven. Ella tenía 26 años y yo 20, imagínate. Aquello nos impactó profundamente como familia. En mi caso, además, coincidía con que yo había vivido de cerca ese ambiente durante la movida madrileña. No era algo ajeno. Pero cuando lo vives en casa, todo cambia. Ahí tomé conciencia real del problema y sentí la necesidad de implicarme. Fue algo progresivo, pero tenía algo muy claro: que quería ayudar a personas que estaban pasando por lo mismo.Hoy, ser archiduque de Austria no implica un papel político como en el pasado. En su caso, ¿qué significa ese título en el siglo XXI?En la práctica, muy poco. No lo utilizo en mi vida cotidiana. Me presento como Maxi o como Maximiliano de Habsburgo, sin más. Es un título con valor histórico, pero no tiene un papel real en mi actividad. Lo importante es lo que uno hace, no cómo se le llama.Lee también¿Cree que pertenecer a una familia histórica le ha dado una responsabilidad especial para implicarse en causas sociales?Bueno, yo creo que pertenecer a una familia histórica te da una responsabilidad moral. No porque alguien te obligue, sino porque es una forma de entender la vida. Si tienes la posibilidad de influir, de ayudar o de poner en marcha proyectos, lo lógico es hacerlo. Para mí ha sido algo bastante natural.Su labor al frente de la Fundación Recal ha tenido un gran impacto. ¿Cómo nació la idea en 2001?Nació de una experiencia muy concreta. Yo colaboraba como voluntario en un centro para personas sin hogar, La Casa del Pobre, y me di cuenta de que muchísimos de ellos tenían problemas de adicción. Era evidente que, si no se trataba eso, era muy difícil ayudarles de verdad. Empezamos con un piso en Pozuelo, con pocos recursos, ofreciendo lo básico: un lugar donde dormir, comida y apoyo. Les dábamos ropa limpia, lavar la ropa antigua, curar pequeñas heridas que tenían… Íbamos con una furgoneta acercándonos a la gente que tenía adicciones. Poco a poco vimos que hacía falta profesionalizarlo, estructurarlo mejor, y así fue creciendo hasta convertirse en la fundación que es hoy. La clínica que tenemos ahora en Majadahonda tiene 22 camas y tenemos un centro de día también, donde tratamos al mismo tiempo a más de 40 o 50 pacientes.La Fundación Recal fue fundada en 2001. Cedida¿Fue difícil conseguir apoyos? ¿Tienen estigma las adicciones?Sí, y siguen teniéndolo en parte. Hay mucho desconocimiento. Todavía hay gente que piensa que una persona con adicción simplemente no tiene fuerza de voluntad, y eso no es así. Es una enfermedad compleja, con componentes físicos, psicológicos y sociales. Ese estigma dificulta tanto la financiación como la comprensión del problema.¿Ese estigma dificulta la recuperación?Muchísimo. Y eso afecta directamente a la autoestima de la persona. Si alguien siente que es juzgado, que es débil o que no vale, es mucho más difícil que dé el paso de pedir ayuda o que se mantenga en el tratamiento. Por eso es tan importante cambiar la mirada social. La adicción son dos enfermedades a la vez, una mental y otra física. Por ejemplo un adicto al alcohol, cuando toma una copa, necesita tomar 20 más hasta desmayarse. La parte mental es que, aunque sabe que no puede parar, al día siguiente repite el mismo proceso, y lo sigue haciendo hasta que se muera. La parte mental le impide reconocer el mal que le hace la sustancia. Lo más importante es conseguir que lo vea.Todavía hay gente que piensa que una persona con adicción simplemente no tiene fuerza de voluntad, y eso no es así; es una enfermedad complejaMaximiliano de Habsburgo¿Qué consejo daría a alguien con un familiar con adicción?Que no lo afronte solo y que busque ayuda profesional cuanto antes. Muchas veces las familias intentan gestionar la situación por su cuenta y acaban desgastadas. Es fundamental entender que esto requiere un abordaje especializado. Nosotros trabajamos con el modelo Minnesota basado en los doce pasos para dejar el alcohol. Y funciona.Uno de los temas menos visibles es el de las adicciones en personas mayores. ¿Estamos ante un problema creciente?Más que creciente, diría que es un problema que siempre ha estado ahí, pero que ahora empezamos a ver con más claridad. Antes pasaba más desapercibido. En personas mayores, además, suele ser más complicado porque llevan muchos años con el problema y las consecuencias físicas y psicológicas son mayores. Si una persona ha consumido durante 40 años, el proceso de tratamiento es mucho más largo. Es largo y muy difícil, porque cambiar de hábitos y de vida cuando uno tiene más de 50 o de 60 años es muy complicado. Pero se consigue, siguiendo el programa. Nosotros tenemos mucha gente mayor en la clínica y muchísimos se recuperan muy bien.¿Qué adicciones son más frecuentes en este grupo de edad?Principalmente el alcohol y, cada vez más, la ludopatía. Son adicciones que pueden pasar desapercibidas durante mucho tiempo, sobre todo en entornos donde están normalizadas.¿Qué factores influyen en estas adicciones en personas mayores?La soledad es clave. También la jubilación, la pérdida de rutinas, el exceso de tiempo libre o incluso duelos mal gestionados. Todo eso puede generar un vacío que algunas personas intentan llenar con el consumo. Muchos llegan habiendo perdido todo, porque es lo que roba la adicción al ser humano, tristemente: tu vida.¿Qué barreras encuentran para pedir ayuda?La principal es la negación, que es muy fuerte en esta enfermedad. Pero también hay un componente cultural, porque muchas personas mayores ven pedir ayuda como un signo de debilidad. Les cuesta reconocer que tienen un problema.Muchas personas mayores ven pedir ayuda como un signo de debilidad; les cuesta reconocer que tienen un problemaMaximiliano de Habsburgo¿Qué papel juega la familia?Es fundamental. Cuando la familia se implica, apoya y entiende el proceso, las probabilidades de recuperación aumentan muchísimo. La adicción no afecta solo al individuo, sino a todo su entorno.¿Qué señales deberían alertar a los familiares?Cambios en el comportamiento, aislamiento, irritabilidad, abandono de hábitos… Son señales que muchas veces se minimizan, pero que conviene observar y tener en cuenta.¿Cree que la sociedad invisibiliza este problema?Sí, aunque cada vez se habla más. Pero todavía hay mucho camino por recorrer para normalizar la conversación sobre adicciones.Lee también¿Existe un estigma mayor en mujeres, y en concreto en mujeres séniors?Sí, claramente. Socialmente, está peor vista la adicción en mujeres mayores, y eso hace que muchas oculten más el problema y tarden más en pedir ayuda.¿Qué ha aprendido en todos estos años?Que la recuperación es posible. He visto a muchas personas reconstruir su vida desde situaciones muy difíciles. Pero también he aprendido que hace falta compromiso por parte del paciente y un buen acompañamiento.¿Cuál es su implicación en la fundación?Estoy muy implicado en la gestión y en el desarrollo de nuevos proyectos, y por supuesto en el Patronato, pero no en la parte terapéutica, obviamente. Intento estar presente y seguir de cerca el trabajo que se hace.¿Qué mensaje le daría a una persona mayor con adicción?Que no está sola y que sí hay salida, pero que es importante pedir ayuda. Es muy difícil salir sin apoyo profesional. Lo primero es llamarnos y concertar una cita. Primero hacemos una evaluación con un médico y chequeamos el estado de la persona. Luego se mira la situación financiera. Para los que tienen pocos medios o ninguno, damos becas. Y a quienes no pueden pagar la totalidad, les damos una beca parcial.Socialmente, está peor vista la adicción en mujeres mayores, y eso hace que muchas oculten más el problemaMaximiliano de Habsburgo¿Reciben muchas peticiones de ingreso?Estamos desbordados casi siempre. De hecho, pensamos abrir otro centro en Andalucía. El problema de las adicciones necesita más recursos, porque hay una demanda muy, muy importante.¿Qué le aporta a usted su trabajo en Recal a nivel personal?Muchísimo. Ver a personas recuperarse, volver a tener una vida digna, reconciliarse con sus familias… eso no tiene precio. Es una de las mayores satisfacciones que se pueden tener.Para terminar, ¿qué mensaje cree que la sociedad debería entender sobre la adicción?Que es una enfermedad, no un vicio. Y que, como cualquier enfermedad, necesita tratamiento, comprensión y apoyo.
Maximiliano de Habsburgo: “Aún hay gente que piensa que una persona con adicción no tiene fuerza de voluntad, y no es así; es una enfermedad compleja”
Tras vivir de cerca el impacto de las drogas con la muerte de su hermana, el archiduque de Austria ha dedicado gran parte de su vida a combatir las adicciones desde la Fundación Recal, que fundó en 2001







