No es verdad que un intelectual sea simplemente alguien que escribe libros o publica artículos. Eso puede hacerlo cualquiera. Un intelectual es alguien que modifica los términos de una discusión. No se limita a tomar partido (eso es algo que hacen hasta los taxistas): obliga a los demás a revisar sus propias posiciones. En febrero de 2009, Alessandro Baricco publicó en el diario La Repubblica una serie de artículos sobre el teatro italiano. Sostenía que el sistema de protección estatal había terminado convirtiendo al teatro italiano en un circuito cerrado, más preocupado por garantizar su propia supervivencia que por conquistar espectadores. Se podía compartir o rechazar su diagnóstico, eso carece de importancia. Lo importante era que había puesto en cuestión un presupuesto que nadie discutía. Durante semanas, el debate cultural italiano giró en torno a preguntarse cuál era en realidad el problema. Ese desplazamiento es decisivo. La mayoría de las discusiones públicas están construidas para que uno elija entre dos o tres respuestas previamente disponibles. A favor, en contra, un poco a favor, un poco en contra. El intelectual introduce una molestia anterior: pregunta si realmente estamos obligados a responder eso. A veces descubre que las posiciones enfrentadas comparten una certeza mucho más importante que sus desacuerdos. Y entonces deja a los contendientes en una situación desagradable: deben abandonar por un momento sus trincheras y mirar el terreno sobre el que las construyeron. Esa es la función de un intelectual: no confirmar las certezas de una época, sino desordenarlas.
El intelectual y la tribu
No es verdad que un intelectual sea simplemente alguien que escribe libros o publica artículos. Eso puede hacerlo cualquiera. Un intelectual es alguien que modifica los términos de una discusión. No se limita a tomar partido (eso es algo que hacen hasta los taxistas): obliga a los demás a revisar sus propias posiciones. En febrero de 2009, Alessandro Baricco publicó en el diario La Repubblica una serie de artículos sobre el teatro italiano. Sostenía que el sistema de protección estatal había terminado convirtiendo al teatro italiano en un circuito cerrado, más preocupado por garantizar su propia supervivencia que por conquistar espectadores. Se podía compartir o rechazar su diagnóstico, eso carece de importancia. Lo importante era que había puesto en cuestión un presupuesto que nadie discutía. Durante semanas, el debate cultural italiano giró en torno a preguntarse cuál era en realidad el problema. Ese desplazamiento es decisivo. La mayoría de las discusiones públicas están construidas para que uno elija entre dos o tres respuestas previamente disponibles. A favor, en contra, un poco a favor, un poco en contra. El intelectual introduce una molestia anterior: pregunta si realmente estamos obligados a responder eso. A veces descubre que las posiciones enfrentadas comparten una certeza mucho más importante que sus desacuerdos. Y entonces deja a los contendientes en una situación desagradable: deben abandonar por un momento sus trincheras y mirar el terreno sobre el que las construyeron. Esa es la función de un intelectual: no confirmar las certezas de una época, sino desordenarlas.









