En los últimos años hemos atestiguado el inusitado resurgimiento del ensayo como género cuya maleabilidad y gentil destreza permiten la creación de textos que abarcan distintas temáticas y problemas. Sobre todo porque este género ha cruzado sus propias fronteras y se ha acercado al terreno de lo personal, a las llamadas narrativas del yo, que lo han dotado de nuevas tesituras y de la facultad para explorar nuevos espacios acerca de la identidad y las afinidades electivas. Justamente la naturaleza de esos apegos por elección es el eje que mueve a Los umbrales (2026) de la editora, crítica y escritora Liliana Muñoz, que emplea el ensayo personal para construir la memoria de su tía abuela Yoli, tras ser diagnosticada con cáncer terminal. Con quietud, valor y la conciencia del paso inevitable y rotundo del tiempo, la autora confiesa que sintió la tentación de escribir una carta de amor, pero prefirió ofrecer este ensayo a su tía abuela, siguiendo los pasos del crítico George Steiner, quien ha declarado que solo reseña los libros que ama. Así, Muñoz lee a Yoli como un texto y al narrarla la transforma en un personaje literario. Declara: “De seguir este principio, la vida entera de Yoli es una novela, una novela acaso imperfecta, pero, bien mirado, toda vida que se precie también lo es”. Si la felicidad se compone de breves momentos significativos, la pregunta que subyace a lo largo del texto es cómo construir y mantener el recuerdo de las personas queridas. La conclusión es que experiencia debe pasar de manera obligada por el papel, por el registro de esa comida en el restaurante La Tradición, de la siesta compartida o de la Navidad que se festeja al ritmo de la Sonora Dinamita. Solo mediante la escritura los sucesos adquieren carácter y memoria. En una dirección adyacente, pero no con menos devoción y cariño hacia el acto literario, la gran escritora Mónica Lavín reúne una deliciosa antología de textos, elogios de la brevedad, titulada Naufragio entre palabras (2023), precisamente porque muchas veces se siente una náufraga salvada por la literatura. Este libro misceláneo y sorprendente se divide en dos partes: una dedicada a la lectura y otra a pensar acerca de “el paso del tiempo”. Se trata de un conjunto de fragmentos llenos de lucidez e intimidad con el lector. En ellos habla de sus residencias artísticas análogas a manantiales para la creación, de las complejas relaciones entre ficción e Historia, de saber cuándo decidir que se termina una novela, de sus muchos trabajos de subsistencia y de libros, muchas lecturas que la han acompañado y cómo a través de ellas se convirtió en ese gambusino que le sirve de símil para definir la labor del escritor. “A lo mejor eso es lo que estamos haciendo cuando escribimos (cuando leemos), hundir la pluma en la arena para desenterrar tesoros, para ser niños otra vez y encontrar lo inesperado, para hacer mundos de palabras, permanentes, efímeros, qué más da”. No sorprende entonces que para Lavín la lectura sea una suerte de rito de iniciación donde se encuentra consuelo y en el que se descubren tesoros.En estos dos libros, donde el ensayo se ejerce en su plenitud, hay varias coincidencias. Los lazos con España: Liliana reside en Barcelona y nació en Mérida; Mónica habita en el sur de la Ciudad de México, pero es nieta de exiliados de la guerra civil de 1939. Ambas refieren haber experimentado este no ser “de acá ni de allá” del que hablaba Adolfo Sánchez Vázquez para definir la condición de exilio, como una fuerza que aumenta las dioptrías a sus miradas siempre atentas.Lavín recuerda a su abuelo, el ingeniero José Maroto, aventurero y productor de azúcar, que marcó sus intereses narrativos. También cuenta que las páginas de Elena Fortún la transportaron de inmediato a la España contada por sus parientes, siempre sospechada, “sin que yo lo notara, anduve por otras calles y otras costumbres que me eran familiares, sin que mediara un océano”. El destierro es un rumor con la textura del recuerdo. En cambio, la experiencia de exilio de Muñoz significa el desplazamiento constante entre lugares. Un ir y venir que encierra una duplicación sostenida. Explica: “Cada vez que regreso siento que uno nunca termina de irse. El pasado vuelve, te manda mensajes de WhatsApp, te cuenta sus preocupaciones, te recuerda tu ausencia”.Mónica Lavín es autora de Naufragio entre palabras (2023), una antología de elogios de la brevedad. Foto: Germán Espinosa/El Universal.Las dos autoras también se adentran en la experiencia lectora. Mónica comienza a adorar los libros a causa de una hepatitis que la aísla por meses y que la lleva a conocer a Celia, la audaz protagonista de la saga novelística de Elena Fortún. A partir de este hallazgo nada detendrá “la sed de lectura” que la impulsa a volver a la página impresa. Mientras que Liliana, quien hace años coordina la página de reseñas Criticismo, la lectura es el faro que guía sus decisiones y, al mismo tiempo, el asidero para no sucumbir ante la desgracia. Cuando le notifiquen el fallecimiento de Yoli, asegura: “Escogeré los libros para el trayecto. Leeré a David Sedaris, para abrazar la desgracia con una tibia sonrisa, o a Sylvia Molloy, para regocijarme en su manera concisa, directa, de narra la memoria”.[Publicidad]En último término, esta afición lectora se traslada a la escritura, de ahí que los dos ensayos también compartan el interés por definir el proceso creativo y el análisis acerca del arte de escribir. ¿Por qué se busca el registro de los hechos? ¿ Qué convierte a una persona en adicta al texto escrito? ¿Qué nos conduce a ver la realidad mediante el prisma de lo literario? Porque, como bien recuerda Lavín al citar a Truman Capote, “Cuando Dios nos da un don, también nos da un látigo”. Y estas dos autoras acatan todo lo que acompaña a la literatura, como si de una penitencia gozosa se tratara. Afirma Muñoz que “el ensayo es un tránsito”, donde las ideas atraviesan y se comunican al lector y, si para Lavín, “todo libro es un diálogo”, ante la disyuntiva, estas dos miradas apasionantes eligen siempre la literatura a la vida.
¿La literatura o la vida?
Los umbrales, de Liliana Muñoz, y Naufragio entre palabras, de Mónica Lavín, confirman el resurgimiento del ensayo como género que permite la creación de textos que abarcan distintas temáticas y problemas






