0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEn Calafell, unos vecinos reprenden a unas personas mayores por jugar “de manera ruidosa” a la petanca. En Gràcia, algunos residentes piden que se limite la música en vivo porque afecta a su descanso.Vayamos con los primeros.Avanzan por el paseo con sigilo. Sostienen unas pequeñas maletas en las que transportan su carga explosiva: seis bolas de acero, de color metralla, con un calibre de 80 milímetros. Los tipos ocupan por su cuenta y riesgo un rectángulo de espacio público por el que, en las próximas horas, no podrá caminar nadie. Es su campo de maniobras.A continuación, hacen unos movimientos muy básicos pero que llegan a producir detonaciones de hasta 90 decibelios justo en el momento en que dos proyectiles impactan entre sí. Este estruendo se prolonga entre las 18.00 y las 20.00h. Pero hay más: en el fragor de la batalla, los participantes en estos ejercicios celebran con jolgorio el máximo acercamiento al objetivo, profiriendo alaridos de hasta 100 decibelios.Y esto no es lo peor. Lo peor es que los individuos que perpetran esta actividad inventada por un reumático francés hablan entre sí sin mediar una interfaz tecnológica: ¡se comunican a pelo (los que no llevan audífono) como si no existieran las redes, como si el progreso no les hubiera dotado de sistemas silenciosos de socialización como los servicios de mensajería, los chats de IA, las videollamadas, los videojuegos en línea, las comunidades digitales, los traductores virtuales, las apps de citas heterosexuales, las apps de citas homosexuales, los youtubers vascos que enseñan a cambiar la rueda de la bici y las influencers que te muestran cómo ensartar el edredón dentro de la funda nórdica sin sufrir una crisis de ciática!De Sennet a Sadin o Byung Chul-Han, lo pensadores reivindican las formas compartidas de presenciaNo, estos tipos, la mayoría de entre 70 y 80 años, hablan, ríen y discuten en voz alta mientras la gente cívica, en su bloque de apartamentos de playa (un estiloso edificio de ocho plantas frente al mar muy integrado en el paisaje de Barral o Pau Casals y que hasta tiene la virtud de proveer de sombra a los bañistas) cultiva el intelecto surfeando ad infinitum en Instagram. Con el agravante de que, si están de buen humor, ¡los incívicos gritan más! ¿No pagamos el Imserso con los impuestos de todos? ¡Pues que se vayan a comer paellas a Torremolinos o a ver Pasapalabra en la tele de la residencia!Son los petanqueros de Calafell, los auténticos desaprensivos del verano de 2026, justamente reprendidos por una comunidad vecinal molesta con sus efusividades. La mayoría están jubilados.La petanca de la discordia, frente al muro de apartamentos con las pancartasAlba MarinéAlgo más al norte, en el barrio barcelonés de Gràcia, otros incívicos tocan música en directo en plena noche ayudados de mecanismos de amplificación, mientras que la marabunta deambula ruidosamente por las calles ornamentadas. Aquí, vecinos que exigen dormir sin ruido las 365 noches del año (y no solo 358, descontadas las fiestas) han pedido que se eliminen los conciertos nocturnos.[Por cierto, hay quien cree que estos denunciantes son solo perversos expats que intentan liquidar una tradición bicentenaria local. Deben saber que, hace unos años, las denuncias de vecinos que también exigían silencio llevaron al Ayuntamiento a prohibir el rock en la fiesta. Sucedió en los 80, cuando el único expat de Gràcia era el compositor italiano que da nombre a un maravilloso cine del barrio.]Lee tambiénHasta aquí la broma. Los dos ejemplos citados pueden parecer casos muy aislados de intolerancia, pero lo cierto es que la suma de ellos y de otros similares muestra una peligrosa tendencia a limitar el uso de la calle como lugar de encuentro y socialización. En defensa del muy necesario derecho al descanso se laminan otros, como el de jugar al aire libre (desde los niños que se divierten en los patios de las escuelas hasta a los jubilados de Calafell) o el de practicar y escuchar música en vivo.De Richard Sennet a Éric Sadin o Byung Chul-Han, son muchos los pensadores de hoy que reivindican formas compartidas de presencia como alternativa a la burbuja unipersonal de la sociedad-pantalla. Y esa analógica manera de relacionarse y de divertirse es justo lo que defienden los petanqueros de la playa y quienes asisten a conciertos callejeros en Gràcia, Sants, la Bordeta, Horta, la Salut o en cualquier barrio donde aún hay gente que anhela sentirse viva y acompañada.Director adjunto de La Vanguardia. Escribe cada semana un artículo de opinión sobre cultura y ciudades. Novelista. Último libro: 'Siete días en la Riviera'
Peligro: gente sociable anda suelta, por Miquel Molina
En Calafell, unos vecinos reprenden a unas personas mayores por jugar “de manera ruidosa” a la petanca. En Gràcia, algunos residentes piden que se limite la música en vivo porque afecta a su descanso. Vayamos con los primeros. Avanzan por el paseo con sigilo. Sostienen unas...








