“Españolísimas”, dijo Margarita Robles de Ceuta y Melilla, después de que 80.000 personas cruzasen el agua. Ese superlativo es un muro dicho en voz alta para producir y reforzar una esencia que la hace más sagrada, intensa y emocional justo cuando el cuerpo nacional ha sido traspasado. “Españolísima” no confirma lo que ya sabemos. Nadie llama españolísima a Cuenca: el superlativo no se posa sobre lo que está seguro, sino sobre lo que se teme incierto. Decirlo de Ceuta y Melilla, y decirlo con toda su fuerza justo después de las vallas desbordadas, es confesar una debilidad en el gesto mismo de negarla. Pero esa debilidad, en lugar de reconocerse, se transfigura, y el superlativo acaba haciendo algo más que intensificar la pertenencia: reparte de nuevo los papeles. Purifica al “nosotros” como víctima inocente de una agresión externa y viste al que llega de “invasor”. Pero mientras fantaseamos con nuestro cuerpo nacional violado, son cuerpos reales los que quedan en el agua. Y lo hacemos para no tener que mirar de frente aquello que volvería insostenible la inocencia: la relación de dependencia que España y Europa han tejido con Marruecos, el grifo cuyo cierre y apertura habíamos subcontratado.La valla más fortificada de Europa no detuvo nada: solo sirvió para escenificar una soberanía que se representa sobre una frontera cuyo control real se había cedido a Rabat años atrás. Creemos que el muro defiende una nación que ya existe, y es al revés; la nación aparece cuando aparece el muro. Es la intuición con la que Wendy Brown, hace más de 15 años, tituló Estados amurallados, soberanía en declive. Cuando Sánchez habla de “violación de la integridad territorial” invoca la soberanía en el momento exacto en el que ha empezado a ser otra cosa. Porque lo que España hace con Ceuta, Europa lo hace consigo misma. Si la soberanía española sobre la frontera está subcontratada a Rabat, la europea lo está por todas partes: la migración externalizada a terceros países, el método Meloni bendecido en Bruselas, los centros de deportación de la carta Frederiksen-Meloni, la energía, la defensa, la tecnología. Es el retorno de una soberanía musculosa para levantar muros y ninguna para seguir haciendo Europa: un Leviatán raquítico que amuralla el exterior y refractura el interior. El “patrimonio cultural cristiano” que invocan Meloni y Frederiksen es ese cerco a escala continental que esencializa lo que encierra y necesita, fuera, un chivo expiatorio. Y el debate sobre suspender Schengen lleva la paradoja al absurdo: desmontar la frontera interior para fingir que se controla la exterior, renunciando a lo único que Europa construyó como suyo, un proyecto para superar la lógica del muro.Toda la idea fundacional europea fue la negación del cercamiento. En lugar de fronteras fortificadas entre naciones que se habían matado durante siglos, un espacio común donde los derechos estuvieran por encima de la nación. En vez de soberanías amuralladas unas contra otras, una compartida, sostenida por un principio: que una crisis en la frontera de un Estado es asunto de todos. Amurallarse no es tocar una norma administrativa: es traicionar esa razón de ser. No es solo que Europa levante muros, es que los levanta contra sí misma. Y la ironía es que cuanto menos soberana es, más muros produce, tanto en el borde exterior como entre sus propios socios. La fortaleza Europa y su desintegración son, paradójicamente, la misma cosa.