Dejaban a su familia atrás y viajaban varios días hasta la costa, buscando un puerto para embarcarse rumbo a lo desconocido. Más de uno, de hecho, nunca había visto antes el mar. Los tripulantes solo sabían que iban a una isla para pasar el verano muy lejos de casa. Alguien más poderoso los había reclutado poniéndoles delante la zanahoria del botín que podrían repartirse si el trabajo salía como esperaban los jefes. De entrada, el cuento sonaba bien y tampoco podían negarse: eran siervos de algún señor. Parecía un plan sin fisuras, una forma de aprovechar los meses más improductivos del año. Entre el final de la primavera y el principio del otoño, las tierras de labranza pedían tregua. Entre la cosecha del grano y la vendimia, los campesinos iban a la guerra.

La historia tiene casi ochocientos años de antigüedad, pero resuena mucho más cercana en el tiempo. Podría resumir el viaje de ida y vuelta —del pueblo a las Illes Balears— que hicieron durante muchos veranos del siglo XX —desde principios de los sesenta hasta entrados los ochenta— los peninsulares —del tercio sur: andaluces, extremeños, manchegos y murcianos— que engrosaban las filas de hoteles y restaurantes, obras en construcción. Hay un cierto paralelismo entre el boom turístico y la invasión del archipiélago por las huestes de Jaume I. Sobre todo en el caso de Eivissa y Formentera.