Se vieron obligados a huir como fuera. Aun sin sus más preciadas pertenencias, mientras dejaban atrás sus casas y pequeñas posesiones, casi con lo puesto, y hasta con familiares que se quedaban en tierra. Miles de españoles encontraron en los barcos del exilio la única escapatoria al avance de las tropas sublevadas durante la Guerra Civil. Nombres propios como los de Stanbrook, Ronwyn, Lézardrieux, Sinaia, Cuba y Volendam grabados en el casco de las naves zarparon de distintos puertos con un solo objetivo: que aquellos perseguidos por la violencia pudieran escapar.

Entre aquellos buques se encontraba el renombrado Winnipeg, al que homenajea una película, que adapta una novela gráfica de Lucía Martel. “Recordar aquello nos obliga a preguntarnos qué puertos estamos dispuestos a abrir hoy”, adelanta Beñat Beitia, uno de los directores del film.

‘Winnipeg, el barco de la esperanza’ cuenta la historia de esta nave fletada con la ayuda de Pablo Neruda, que partió del puerto de Pauillac el 4 de agosto y arribó en Valparaíso el 2 de septiembre. Chile, por entonces gobernado por Pedro Aguirre Cerda, no fue el único que recibió a refugiados, sobre todo niñas y niños, que pretendían salvarse de los horrores de la guerra que había estallado en julio de 1936.