Junto al zumbido constante de los drones, el paisaje sonoro de Gaza está marcado por los bombardeos y tiroteos que no cesan. Se trata, como explica a Público Ainhoa Maestu, cirujana voluntaria en Gaza, de un estruendo que quienes "viven allí ya no oyen", porque "lo han integrado tanto en su cotidianidad que forma parte de ellos". Esa fue una de las cosas que más le sorprendió a Maestu cuando llegó a Khan Younis durante el alto el fuego de febrero de 2025. "El dron estaba todo el día sobrevolando la ciudad, algo a lo que nosotros no estamos acostumbrados como europeos". Con el tiempo, afirma, ese zumbido deja de llamar la atención del mismo modo que el tráfico deja de percibirse en una gran ciudad, no porque desaparezca, sino porque el cerebro aprende a convivir con él. Sin embargo, cuando este ruido deja de ser constante y aumenta, cuando los drones de aproximan y los bombardeos se sienten cerca, la calma desaparece. Publicidad"A ratos, estaba más alto en el cielo y se escuchaba menos. A ratos, estaba más bajo y se escuchaba más". Cuando eso sucedía, relata la cirujana , "la gente se ponía más nerviosa porque significaba que estaban buscando un objetivo e iba a haber un atentado". Para ella, este zumbido constante transmitía un mensaje claro: "Os estamos viendo, os estamos vigilando, y no nos vamos en ningún momento".También recuerda que, en ocasiones, los bombardeos y tiroteos que escuchaban eran grabaciones que emitía el Ejército israelí para sembrar el miedo en la población. En otras ocasiones —prosigue Maestu—, los disparos se efectuaban al aire o a zonas donde no había personas, un supuesto que confirmó al comprobar que "llegaban menos víctimas al hospital de las que cabría esperar". Una situación de incertidumbre y terror cotidiano que genera el desgaste del pueblo palestino que, aunque esté agotado —incide la cirujana—, "siente que no puede dejar que el agotamiento le quite la vida".Guillermo Fouce, doctor en psicología y portavoz de Psicología sin Fronteras, explica a este medio que "la incertidumbre es quizás el elemento más duro", ya que busca que el individuo no tenga nunca la sensación de seguridad. Vivir bajo una amenaza continua impredecible, especialmente cuando no se cuenta con ningún mecanismo de respuesta, deriva en un estado de indefensión aprendida, que define como "la peor de las situaciones de estrés". Esta situación obliga a la persona a permanecer en una hipervigilancia que termina por provocar un "cansancio hasta el agotamiento físico y mental", señala Fouce.PublicidadLa guerra contra el descansoMientras dormían en el Hospital Al Nasser, "entre paredes de cemento llenas de agujeros y con los cristales de las ventanas rotos", Maestu recuerda que se intensificaban los ataques. La cirujana relata que era por la noche cuando se agudizaban los bombardeos y tiroteos, con el objetivo, explica, "de que no pudiesen dormir ni vivir". Los médicos, a fin de cuentas, quedaban al resguardo del propio hospital, mientras que los habitantes dormían en tiendas de campaña donde simplemente la idea de que cayera una bomba les hacía pensar: "Aquí morimos todos, no hay opción de salvarse".Fouce coincide y sostiene que muchos regímenes recurren a estas estrategias de terror para "romper las pautas de sueño y de descanso con el objetivo de socavar el tejido social y la capacidad de resistencia del organismo". Una situación que obliga al individuo a centrar "todas sus energías fisiológicas únicamente en la supervivencia". Como consecuencia provoca un "agotamiento físico y mental absoluto", así como la "ruptura de los sistemas de resistencia del individuo", incapaz de mantener ese estado de alerta de manera crónica sin quebrarse.Publicidad"Los muertos son de todos"Más de 73.000 muertos y 170.000 heridos se han contabilizado desde el inicio de la ofensiva israelí el 7 de octubre de 2023, lo que ha provocado que cerca de un 85% de los habitantes de la Franja de Gaza sufran de estrés postraumático. La violencia –apunta Maestu– "era tan generalizada e intensa que los gazatíes entienden que los muertos son de todos, porque les recuerda a los fallecidos que han tenido cada uno de ellos en su cercanía".Fouce complementa esta visión explicando que el estrés postraumático es, en esencia, una "respuesta normal ante una situación anormal", agravada debido a la generalización del estímulo. Cuando el sonido de un dron queda asociado de forma permanente a la amenaza, cualquier ruido similar activa automáticamente la misma "sensación de alerta máxima, de tensión, de miedo y de terror". En este contexto, cada nueva muerte reaviva el recuerdo de las pérdidas anteriores y reactiva el trauma de quienes ya han sufrido el fallecimiento de familiares o personas cercanas.Las masacres, de hecho, no se detienen pese a la vigencia de un supuesto alto el fuego. Las últimas víctimas registradas fueron asesinadas el 13 de agosto por ataques del Ejército de Israel utilizando drones en Khan Yunis y la ciudad de Gaza. El primer fallecido perdió la vida mientras montaba en bicicleta en plena calle del barrio de Al Amal, en Khan Yunis. Las segunda víctima, director de la Policía de la Gobernación de Gaza, murió cuando un dron bombardeó su coche en la carretera de Rashid, cerca de la capital, hiriendo también a otras dos personas.Las heridas psicológicas del genocidioLos más de mil días de invasión israelí han dejado una profunda huella en la salud mental de la población gazatí. La violencia constante deja secuelas en un pueblo ya marcado por los años de aislamiento, restricciones e inestabilidad. Según un estudio publicado en eClinicalMedicine, del grupo The Lancet, la prevalencia de los trastornos psicológicos ha aumentado de forma drástica desde 2020, agravada por las condiciones bajo las que han tenido que vivir desde el 7 de octubre de 2023, cuando el Ejército Israelí lanzó la ofensiva como represalia al ataque perpetrado por Hamás.De esta forma, los habitantes de Gaza no solo sufren violencia física, si no que también se ejerce contra ellos una tortura psicológica. Este mismo estudio, muestra que tres de cada cuatro gazatíes padecen depresión y dos de cada tres ansiedad severa, una prevalencia de más del doble de la registrada en otros conflictos armados. El miedo en Gaza no termina cuando cesan los bombardeos; permanece en el zumbido de los drones, en el sobresalto ante cualquier estruendo y en la imposibilidad de descansar. El simple hecho de habitar la Franja supone un acto de resistencia frente a una estrategia que, como resume la cirujana Ainhoa Maestu, consiste en "jugar con tus fuerzas, con tu agotamiento y con tu capacidad de sostenerte".