"Quieren que dejemos de vernos, que perdamos el contacto, que nos sintamos solos", me dice el escritor islandés Sjón en el Festival Literario de Tiflis. Con "ellos" se refiere a todas las fuerzas oscuras que están cobrando fuerza en el mundo: populistas, fascistas, fundamentalistas. En septiembre de 2025, el Festival Literario de Tiflis recibió más público que nunca. Las salas estaban llenas y creo que todos los presentes nos sentimos agradecidos a los invitados extranjeros por haber venido de todos modos, desafiándolos a "ellos". Todavía no creo que venir a Tiflis sea un gran acto de heroísmo, pero ya tengo innumerables ejemplos de personas que han dejado de venir: gente para la que esta ciudad y este país son importantes, que entiende el contexto y a la que no había que explicarle nada. Su ausencia me produce una sensación de abandono completamente nueva y desconocida. Los europeos que echaron raíces aquí durante décadas están abandonando Tiflis. Mi padre los llamaba en broma "refugiados culturales". La mayoría llegó en los años noventa en misiones humanitarias. Después se enamoraron de este lugar y se quedaron aquí para siempre. Pero nada dura para siempre, y la marcha de tantas de esas personas me parece una señal de alarma. TE PUEDE INTERESAR Nuestros jóvenes también se están marchando. En silencio, sin hacer ruido. Crees que alguien sigue aquí porque continúa activo en las redes sociales y luego descubres que ya está intentando instalarse en Lisboa, Dublín o Berlín. Somos demasiado pocos para crear comunidades y diásporas en el extranjero. Simplemente nos disolveremos, nos dispersaremos por el mundo y desapareceremos. O, mejor dicho, desaparecerá esa parte de nosotros a la que le gusta pensar y que es incapaz de adular. Para quienes permanecemos aquí, los festivales literarios y otros acontecimientos culturales similares son lugares donde es posible respirar libremente. En el festival nunca olvidas dónde vives, pero dejas de sentirte tenso. Ves a personas que piensan como tú y les dices cuánto te alegra encontrártelas en algún sitio que no sea una manifestación. --- El 28 de noviembre de 2024, el primer ministro de Georgia, Irakli Kobakhidze, anunció la suspensión unilateral del proceso de adhesión de Georgia a la Unión Europea hasta 2028. Desde entonces, se han producido continuas protestas en el país. --- Las puertas del festival están abiertas a todo el mundo, pero los conformistas no tienen ninguna necesidad de conocer a autores extranjeros o georgianos. Ellos ya lo saben todo. En el festival hay una silla vacía para el poeta Zviad Ratiani. Dos meses antes, había provocado su propia detención al repetir el gesto de otra presa política, la periodista inconformista Mzia Amaghlobeli, que abofeteó a un agente de policía. El golpe no fue fuerte; fue simbólico: un ejemplo destinado a despertarnos y reforzar nuestra determinación. Creía que su acción cambiaría algo. Se preparó para hacerlo y lo hizo. La última vez que lo vi fue en el tribunal. Permaneció de pie durante toda la vista, aplastando y liando cigarrillos sin parar entre las manos. Incluso su negativa a sentarse en la silla del acusado era simbólica. Zviad Ratiani está ahora en prisión. Y, sin embargo, a menudo lo veo por las calles de la ciudad y confundo regularmente a otros transeúntes con él. TE PUEDE INTERESAR En otoño, dos diplomáticos que habían perdido sus empleos me proponen colaborar. Acepto y, una vez al mes, hablo de literatura y cine ante una sala llena de exdiplomáticos, antiguos compañeros suyos. A las charlas asisten también varios embajadores jubilados. Para la primera velada elijo como tema el patriotismo y el militarismo en la literatura japonesa, y me parece que nunca había tenido un público tan bueno. Nunca antes había tenido relación con diplomáticos, y resulta que son personas maravillosas cuya experiencia y profesionalidad, acumuladas durante décadas, ya no son necesarias en la Georgia actual. A comienzos de diciembre se celebra el Festival de Cine de Tiflis. Desde el escenario, el nombre que más se escucha es el de otro preso del régimen, el actor Andro Chichinadze. A finales de noviembre de 2024, un día antes de marcharme a Perú, conocí a un joven atractivo con unos planes colosales. Durante el rodaje de una película bélica, un artefacto pirotécnico explotó junto al oído de Andro y le provocó síndromes de despersonalización y desrealización. Mientras luchaba contra esa dolencia, descubrió que caminar por la montaña le ayudaba. A partir de cierta altitud, todos los síntomas desaparecían. El actor de teatro y cine empezó a practicar montañismo y más tarde decidió escalar las cumbres más altas de todos los continentes y rodar una película sobre ello. Quedó conmigo para pedirme que escribiera el guion con él. Recuerdo pensar que a aquel chico todo le iba a salir bien. Hay algo que me ocurre a menudo cuando conozco a buena gente —y volvió a ocurrirme en aquella ocasión—: no pude decir que no y acepté. Para cuando yo regresara de Perú, Andro debía haber escalado el Kilimanjaro y rodado el primer episodio. Pero en lugar de en el Kilimanjaro, acabó en prisión acusado de violencia grupal junto a personas a las que ni siquiera había conocido antes. Creo que seguirá siendo amigo de esas personas durante el resto de su vida. En el festival de cine, todos los que intervienen mencionan a Andro, que ha pasado de ser un joven encantador y talentoso a convertirse en un héroe y un símbolo de la resistencia. Y me doy cuenta de que, en esta última edición del festival, veo cada película desde una perspectiva completamente distinta. Incluso otra obra del director ucraniano Sergei Loznitsa sobre la represión estalinista. Uno podría preguntarse: ¿por qué hacer otra película sobre todo esto cuando ya se ha escrito y filmado tanto? Pero, siguiendo el ejemplo de Rusia, aquí también se ha sacado del armario el culto a Stalin y, para mi asombro, ha resultado que seguía vivo. TE PUEDE INTERESAR Los propagandistas oficiales siguen siendo cautos, pero los trolls vinculados al Gobierno hablan cada vez más de la grandeza del Líder. La resurrección de Stalin coincide con el renacimiento de las ideas más absurdas del mesianismo georgiano. Profesores desconocidos y pseudocientíficos han comenzado a hablar de la singularidad de la civilización georgiana. Pocas veces recuerdo un público tan emocionado como el que vi después de la proyección de Nouvelle Vague, de Richard Linklater. Cuando termina la película, nadie se marcha a casa. Desconocidos se abrazan, fuman juntos, se compadecen de los amigos y familiares que se han perdido la película... Esa alegría y esa emoción parecen muy reales. Una mujer de mi generación, a la que conozco de las protestas, me dice: "Formamos parte de esto, siempre hemos formado parte, ¡y quieren separarnos de ello!". Con "esto" se refiere a Europa. Sonrío. A mí también me conmovió profundamente la película, que me llevó de vuelta al día en que mis jóvenes padres regresaron a casa después de ver Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard. En mi infancia soviética todo nos llegaba tarde, y recuerdo perfectamente a mis padres viendo aquella película veinte años después de su estreno y quedándose maravillados. Hablaban del temerario protagonista de Belmondo, que mataba con facilidad y moría con facilidad; de Jean Seberg con aquella camiseta; de la originalidad del lenguaje cinematográfico de Godard; y de París, la ciudad más asombrosa, una ciudad que solo podía existir en los libros y en las películas porque parecía imposible que un lugar así existiera realmente sobre la Tierra. TE PUEDE INTERESAR Primero me enamoré de la película de Godard a través de las historias de mis padres. Varios años después vi con mis propios ojos cómo Belmondo imitaba a Humphrey Bogart y hacía muecas. Luego conocí a una chica que me dijo que también era su película favorita y, en nuestra primera cita, yo mismo hice una mueca como Belmondo, pasándome el pulgar por los labios mientras sostenía un cigarrillo. Hacía muy poco que había empezado a fumar, quizá únicamente para poder hacer aquel gesto. La chica no captó la referencia a Godard y pensó simplemente que tenía tics nerviosos. En la película de Linklater, el joven Godard y sus amigos están rodando Al final de la escapada. La película nostálgica que tanto nos conmovió es un homenaje al pasado, realizado con enorme tacto y cariño: a las personas que, en los lejanos años sesenta, crearon una obra maestra y sentaron las bases de algo nuevo y real, quizá de esa misma Europa que tanto admiramos, la Europa a la que aspiramos, la Europa que cada uno de nosotros imagina de manera diferente. Una Europa que ya se ha convertido en un mito y cuyo camino ahora incluso nos están cerrando. Nos prohíben acercarnos a ella, y nos enfadamos, a veces lloramos, a veces caemos en la impotencia más absoluta. El público del festival está compuesto casi exclusivamente por personas que piensan como tú, y crees que todo saldrá bien, que el esfuerzo de tanta gente buena no puede terminar en derrota. Y aun así, esa trágica sensación de abandono no me abandona, quizá porque el festival se está celebrando sin invitados extranjeros. Es como si hubiéramos regresado a aquellos viejos tiempos en los que las películas europeas llegaban hasta nosotros, pero sus creadores nunca lo hacían. Sobre la sala llena de inconformistas planea el espectro del aislamiento. El festival de cine abrió con la película biográfica italiana Duse. Le pregunto a la persona sentada a mi lado por qué han elegido una obra tan aburrida para inaugurar el festival, y me susurra que fuera, en el vestíbulo del cine, hay un bufé y varias botellas de vino que la Embajada italiana ha regalado al festival. Todo queda claro. El Festival Internacional de Tiflis siempre fue pobre, pero esta última edición es directamente miserable. A pesar de su pobreza, el festival siempre tuvo invitados interesantes que venían encantados. Y nosotros esperábamos con impaciencia conocerlos, asistir a sus clases magistrales y a sus conferencias públicas. Sigo siendo amigo de varias personas a las que conocí en el festival. Algunas incluso me caían mal. Hoy echo de menos también a esas: a los arrogantes maestros europeos cansados de la estupidez humana. TE PUEDE INTERESAR Aun así, el festival sí tiene un invitado extranjero y, aunque parezca mentira, es el actor que interpretó a Benito Mussolini. Al parecer hay una secuencia de diez minutos en Duse que nunca vi porque me quedé dormido justo cuando Mussolini apareció en pantalla. Después de la proyección me despierto y veo en el escenario al actor que interpreta al Duce: cuello grueso, mandíbula cuadrada. Dice que Tiflis es una ciudad preciosa. Da las gracias al público. Probablemente sea una buena persona, pero ¿por qué precisamente Mussolini? Quizá simplemente estaba haciendo turismo en Tiflis y su visita coincidió con el festival... El festival de cine también termina. Pero las protestas continúan, al igual que nuestra vida en un país donde las leyes destinadas a oprimirnos y constreñirnos se aprueban a un ritmo acelerado. No tenemos dinero ni fuerza bruta ni, gracias a Dios, armas. No nos temen, pero irritamos enormemente al Gobierno y a quienes han elegido el camino del conformismo, así como a otros que poseen las habilidades necesarias para vivir en un imperio, pero no en una sociedad libre. Esas personas han empezado a llamarse a sí mismas "tradicionalistas". Etiquetan como "liberal" a la parte proeuropea de la población, independientemente de sus ideas políticas, y han aprendido a pronunciar esa palabra con un odio muy particular. A los tradicionalistas los mueve el rencor hacia los liberales. Si ven que los liberales cuidan de los perros callejeros, los tradicionalistas consideran que su deber es tratar cruelmente a los perros callejeros. Tiflis se está convirtiendo en una ciudad difícil y deprimente para vivir. Camino por las calles de mi ciudad natal y, una vez más, creo ver al poeta encarcelado con su chaqueta color zanahoria. Para mi siguiente charla con los antiguos diplomáticos, elijo la figura de los dictadores en la literatura latinoamericana y, a través de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, me convenzo de que toda dictadura, por sólida y monolítica que parezca, algún día se derrumbará como la arena. Los antiguos diplomáticos asienten. TE PUEDE INTERESAR Entonces llega de repente la primavera. Normalmente, es mi época del año más ocupada y agradable. Cada abril paso varias semanas guiando a observadores de aves europeos y nunca me canso del trabajo. Me gusta. Pero este año solo tendré un grupo neerlandés en mayo. La guerra de Irán ha ahuyentado a los demás. Antes de que lleguen los neerlandeses, me convierto yo mismo en observador de aves. Salgo solo a la naturaleza y paso horas sentado en un escondite que parece un refugio. Mi cámara apunta a la rama donde se supone que debe posarse el martín pescador. Parezco mucho un excéntrico europeo jubilado y, al mismo tiempo, me siento protegido de todo. He abierto una pequeña ventana al mundo y, a través de ella, solo se ve la naturaleza: ni la humanidad, ni su dolor, ni su nauseabunda capacidad de adaptación. Pero ni siquiera aquí me abandonan los pensamientos. Pienso en el grupo de mayo y en el desagradable momento que inevitablemente llegará. Da igual de dónde sean mis invitados —neerlandeses, belgas o alemanes—: en algún momento me preguntarán por qué hay tantas banderas de la Unión Europea colgadas en las ciudades y pueblos georgianos. Responderé que mi país aspira a entrar en la Unión Europea y que esa es la voluntad del pueblo georgiano. "¡Hmm!", responden sorprendidos los visitantes. "No creo que sea una idea demasiado buena. La Unión Europea ya tiene bastantes problemas...". Los observadores de aves son gente agradable y vienen preparados. Lo saben todo de antemano sobre nuestras aves; incluso han estudiado sus cantos. Pero nunca han oído que el 80% de la población de Georgia quiere entrar en la UE, y se sorprenden. Y, si el observador de aves es una buena persona, tras esa sorpresa llega inevitablemente la incomodidad. Sobre todo después de que les cuente que hay personas que llevan más de 500 días en las calles defendiendo los ideales europeos; que muchas han perdido sus trabajos por su posición cívica; que todavía más han recibido multas y palizas. Algunos manifestantes están en prisión, dando muestras de una resistencia extraordinaria, protagonizando actos de heroísmo cívico y rechazando indultos. Mientras estoy sentado en el escondite, recibo un mensaje de WhatsApp de los diplomáticos. Me preguntan si he pensado en un tema para la próxima reunión. Respondo que sí: la vigilancia y las escuchas en las obras de Alfred Hitchcock, Julio Cortázar, Francis Ford Coppola y Michelangelo Antonioni. Es bueno tener libertad absoluta para elegir los temas. TE PUEDE INTERESAR Los diplomáticos responden que he escogido un asunto excelente y muy oportuno y, justo en ese momento, el martín pescador se posa sobre la rama con un pez recién capturado en el pico. Hago la fotografía con la que soñaba y regreso a Tiflis para participar en una mesa redonda en la feria del libro junto a colegas armenios. A mi lado, en el escenario, vuelve a estar la silla vacía de Zviad Ratiani. "¿Tenemos que demostrar que somos europeos?". Ese es el tema del debate. La conversación se desarrolla en inglés, algo que en sí mismo supone una novedad en las relaciones georgiano-armenias. Quiero mucho a mis colegas armenios. Percibo su tensión y su miedo ante el futuro. En Armenia se celebrarán elecciones el 7 de junio y existe el peligro de que nuestro país vecino también regrese al círculo vicioso llamado órbita rusa, donde no hay más que pseudoespiritualidad, claustrofobia y corrupción. En la feria del libro me encuentro con la misma mujer que habló conmigo después de la proyección de Nouvelle Vague. Nos saludamos como viejos conocidos. Si nuestra protesta ha producido realmente algo bueno, es este sentimiento de solidaridad que antes nos resultaba ajeno. En mayo llegan por fin mis visitantes neerlandeses. Viajamos por distintas regiones de Georgia, recorriendo diferentes hábitats de aves, y la excursión resulta todo un éxito. Pese a las guerras y a innumerables desastres, las aves continúan con sus ciclos anuales: cruzan fronteras de las que no saben nada, reconstruyen sus nidos, forman parejas... A través del telescopio de mis clientes diviso a una osa que avanza por una ladera nevada, deteniéndose a menudo para mirar hacia atrás a sus tres oseznos. Las crías van dando tumbos alegremente tras ella, deslizándose por la nieve como niños, y es mi mañana feliz. Llevamos ya cinco días de viaje y esta vez ninguno de mis observadores de aves plantea la incómoda pregunta sobre las banderas de la Unión Europea. No tengo que darles la airada respuesta que tenía preparada: que sí, aquí hay personas que van a prisión por la idea europea y ellos no han oído nada al respecto; es más, ni siquiera se fijaron en las banderas de la Unión Europea que ondeaban en Kiev en 2013. Los ucranianos murieron bajo aquellas banderas en el Maidán por una idea, por su patria y por muchas cosas que mis visitantes neerlandeses habían recibido desde el nacimiento y por las que nunca tuvieron que luchar, y por eso ya no recuerdan el valor que tienen. Ya no hacen esa pregunta porque, en las ciudades y pueblos de Georgia, las banderas de la Unión Europea se han convertido ahora en una rareza.