Son las once de la noche de un viernes en Paraguay al 300 y un hombre de barba kilométrica y campera blanca con hombreras canta a los gritos el estribillo de Whitney Houston. Mientras, unas 40 personas le contestan desde las mesas. El piano está apenas cruzando la puerta de El Legado, contra la vidriera, de modo que es imposible entrar sin toparse con él. Juan Manuel Fagnano golpea las teclas y canta. Señala a una mesa y les da órdenes. Los abandona por unos segundos y gira hacia otro grupo mientras sus manos siguen trabajando en las notas del gran cancionero argentino. Y rara vez termina una canción: mezcla a Roxette con los Beatles, se va hacia Moris, aterriza en Los Piojos. Dos mesas largas festejan cumpleaños. Casi todas son mujeres de más de 30 y son las que sostienen la noche; los hombres y las parejas en primera cita cantan bastante menos. Pero igual cantan. Unas 50 cuadras al noroeste, en Federico Lacroze al 3500, la misma noche tiene otra forma. Son 300 las personas que compraron su entrada por internet y ahora forman un círculo cerrado alrededor de un piano y una batería. No hay tarima. Varios grupos de amigos cantan hits de Los Auténticos Decadentes, Julieta Venegas, Calamaro, Shakira, Wos, y hasta aparecen algunas cumbias. Un animador con cancha y sigilo ninja le acerca sorpresivamente el micrófono a quien detecta que es su potencial estrella del momento. Dura casi tres horas.Las dos cosas se llaman Piano Bar. Hace un año y medio también se llamaban así, pero no eran lo mismo.De sustantivo a planPara junio de 2025, había tres direcciones: El Legado en Retiro, el ciclo Sandwich dentro de la vinoteca Lucrecia en Chacarita, y el Cava Piano Bar que el sommelier Aldo Graziani armaba los viernes en Palermo cerca de su histórico club de jazz Bebop. Los tres eran gratis y en ninguno hacía falta reservar.Una postal de Lucrecia, la primera sede de Sandwich Piano BarDe esos tres, uno cerró el ciclo, otro perdió la localía del suyo y el tercero sigue igual que entonces.Marcos Arévalo, que abrió El Legado en 2022 después de estudiar en Berklee y trabajar en los icónicos estudios Electric Lady de Nueva York, lo resume en un cambio gramatical. “La gente está empezando a usar el término Piano Bar como una movida, como un concepto más que como un lugar”, dice. “No es ‘voy al Piano Bar’. Es: ¿qué hacés hoy a la noche? Piano Bar.”Ahí está el año y medio entero. Si el piano bar es un plan y no un local, puede pasar cualquier cosa con él: mudarse a un salón de fiestas y cobrar entrada anticipada, viajar a Madrid y a Barcelona, bajar a Ramos Mejía, aparecer en Rosario y en Tucumán, instalarse en la vereda de un local de Adidas, un casamiento o en el living de un PH de Caballito. Todo eso ocurrió desde el verano pasado.De lo que se escribió sobre el asunto, algo quedó fuera del radar: los que tocan. Son pocos, se conocen entre sí y varios (no todos) rotan de local en local.Fagnano tiene 45 años, aprendió a tocar a los cinco en Bolívar y llegó a El Legado hace cuatro como pianista de un proyecto de tango, cuando el lugar también ofrecía shows de tango y jazz, antes de ser exclusivamente Piano Bar. Vio el salón largo y angosto con el piano al fondo y decidió que ese lugar era suyo. Hoy hace Piano Bar un mínimo de cinco veces por semana.Una escena de El Legado, vista desde la veredaRocio FleitasSu descripción del trabajo desarma cualquier idea de que lo único importante es tocar bien.“Tocar y cantar es el 50% de este trabajo. El otro 50 es observar, conocer y, sobre todo, dejar el ego de lado”, dice. “Mi trabajo empieza cuando abro la puerta. Escucho si hay idiomas, si vino gente de afuera, me fijo en qué plan está cada uno.”De esa observación salen decisiones concretas. Si detecta una primera cita donde él está más tímido que ella, canta para que ella se suelte, y cuando lo consigue, gira el repertorio hacia él. “Me encanta definirme como un ‘aflojador de citas’”, cuenta. “Me lo dijeron una vez y me pareció increíble.”Lucas, el otro pianista fijo de la casa, entra al salón con sombrero para que lo identifiquen desde cualquier mesa. Tiene 40 años, también empezó de chico, pasó por el conservatorio, trabajó en cruceros, toca cumbia —tiene una banda propia— y fue diez años músico de Roberto Moldavsky, a quien dejó a fines de 2023 para quedarse con el Piano Bar. Fue, admite, un salto al vacío en lo económico.Él llama a lo suyo un servicio de open mic. “Soy un pianista y estoy ahí para ser el motor de una actividad que implica que la gente se anime a cantar”, explica. A modo de facilitar el proceso, armó un catálogo con letras que circula por las mesas. Cuando le piden un tema que no conoce, convence al que va a cantar que saque charla y hable de cualquier cosa por el micrófono, mientras saca de oído con el celular pegado a su oreja en un minuto y medio, sin que la noche registre el bache.Y tiene una estadística propia, producto de tres años de mirar gente cantarle de cerca. “El 90% afina”, dice. Explica que el problema no son las voces sino la exigencia de las canciones. Da varios ejemplos: ‘Trátame suavemente’ de Soda Stereo tiene un rango de registros demasiado amplio y complica sobre todo a las mujeres. También algunas interpretadas por Mercedes Sosa o quizás chacareras regionales. En cambio Intoxicados, Calamaro o Los Decadentes salen solos. Buena parte de su oficio consiste en cambiarle la tonalidad a un tema en el momento para acomodarlo a la voz que le tocó, aunque a veces prefiera dejar todo desafinado, “porque es más divertido y descontractura más”.Sandwich Piano Bar hoy se realiza en Espacio: "Aprovechamos la amplitud para generar una dinámica de piano 360. La gente se ubica alrededor del piano, formando una ronda de canciones que pasa por diversos géneros", explicanALESSIA MACCIONITambién hay algo que los dos hacen y ninguno de los dos llama por su nombre: moderan. Fagnano se define como un DJ con piano. Lucas dice casi lo mismo con otras palabras. En el salón se les nota. En El Legado, el primero que se anima a cantar se lleva un trago de regalo y elige a qué mesa le canta. La regla, mínima, hace exactamente lo contrario que un karaoke: en vez de convertir al que sube en el centro de la atención, la reparte.Lucas es, hoy, la persona a la que llaman cuando alguien quiere abrir un piano bar.“Vienen a ver cómo es la movida y después se me acercan y me cuentan que quieren poner un piano bar”, cuenta. “Me llaman a ver si quiero ir a hacer eso mismo en otros lugares.” Dice que no, por lealtad a la casa, pero deja caer un diagnóstico que ninguna de las partes interesadas se anima a decir en voz alta: “Siento que satura, tanto piano bar”.La otra saturación es la del repertorio, que también la señala él. Los reels que circulan en redes y que salen de muchas de estas noches, parecen fijar una versión unificada de qué es lo que se canta y se espera de un piano bar. Charly, Fito, Calamaro y siempre los mismos dos o tres temas. Esa repetición, dice Lucas, es lo que empuja el fenómeno hacia atrás. Por eso, su respuesta es torcer a la dirección contraria. “Si en la reserva hay gente de menos de 30, sabe que la noche puede ser de reguetón; si es un cumpleaños de 40 y pico, termina en cualquier lado”.Los que más afinan, se animan a lucirse solosModelos posiblesEl Legado cambió poco en sus cuatro años de existencia. Abre de martes a sábado, entran 50 personas sentadas, no cobra entrada y nunca pagó publicidad. En el ticket figuran 2500 pesos de cubierto de pianista, que van íntegros al músico. “Preferimos mantener la esencia”, dice Arévalo, que se resiste a la idea de expandirse: “Equipo ganador no se toca”.Sandwich Piano Bar hizo el camino inverso. Nació en marzo de 2025 cuando Hernán Siseles, periodista, director y creador del ciclo, llevó el piano vertical de su casa a un bar que quedaba a dos cuadras. Un año después ocupa un salón propio, vende anticipadas por Passline, agota los jueves y suma ediciones especiales los fines de semana. Siseles explica el cambio sin vueltas: la entrada asegura el lugar, permite saber cuánta gente va a venir y, sobre todo, genera un compromiso. “Cuando lo ponés gratis, tal vez no vas”, dice. “Acá todos cobran su parte: la producción, los músicos, el bar.”Noche de amigos en Dolido ViitosPero el detalle más revelador no está en la boletería sino en el escenario. Donde El Legado pone un pianista solo que hace todo, Sandwich pone tres o cuatro por noche, un baterista que sostiene el pulso y animadores que reparten el micrófono. Entonces uno resuelve con oficio individual lo que el otro resuelve con estructura.El bar Homero, en Palermo, también se sumó a la tendenciaCarlos Sidoni, productor del ciclo y ex mánager de Mi Amigo Invencible y Lucy Patané, admite que ya no están haciendo lo mismo que los demás: “Es el único que no tiene lógica de piano bar. Tiene lógica de recital o de fiesta”. Por eso quizás no es insólito ver en algunas de estas noches a un Andrés Ciro Martínez animándose a tocar “Tan Solo” en El Legado o las veces que Joaquín Levinton cerró uno de estos bares o bien a Fito sentarse en un piano entre la informalidad de las copas. En otras palabras, la industria está prestando atención.“Sandwich Piano Bar nació en marzo de 2025, a partir del hecho concreto de llevar mi piano al bar Lucrecia, a dos cuadras de mi casa –cuenta Siseles–. Ahí empezamos a hacer encuentros con amigos, donde se trataba de juntarnos a cantar alrededor del piano. A los dos o tres encuentros, empecé a observar lo que pasaba, fui probando diferentes dinámicas hasta dar con una que más o menos me cerraba y ahí bauticé el ciclo, que funciona al día de hoy como un piano bar no tradicional”.Cuando la cantidad de gente fue tal que ya no entraban en ese bar, salieron a buscar lugares y se volvieron, en palabras de Siseles, itinerantes: “Estuvimos en varios lugares de Buenos Aires y viajamos dentro y fuera del país. Llegamos hasta España, haciendo fechas en Madrid y Barcelona. Y en marzo de este año dimos con un espacio que nos calzó a la perfección y donde el ciclo encontró su forma definitiva. Aprovechamos la amplitud para generar una dinámica de piano 360. La gente se ubica alrededor del piano, formando una ronda de canciones que pasa por diversos géneros y va ganando intensidad con el correr de la noche”.La particularidad de este ciclo es que tuvo gran repercusión fuera de Buenos Aires por la llegada de los videos a través de las redes, que despertaron interés en varios países de Latinoamérica y en España. “Eso nos permitió hacer las experiencias en el exterior con un formato reducido. Ahora estamos buscando la forma de volver a hacerlo, pero con la dinámica que actualmente utilizamos”, dice Hernán.El último fin de semana, el ciclo Sandwich Piano Bar llevó a unas 300 personasALESSIA MACCIONIAparte de los lugares más institucionalizados, hay terceras vías. El Patio de Cássia queda detrás del Hospital Durand en Caballito, y lo comanda Cássia Martins Pereira, cantante brasileña radicada en Buenos Aires desde 1981. Según comenta, se cansó del maltrato que reciben los músicos en algunos bares, y desde 2016 empezó a hacer shows a puertas cerradas en su PH. En diciembre una amiga le regaló un piano de media cola y con eso armó su propio ciclo de Piano Bar: 25 personas, menú fijo, apertura a las nueve y cierre a las 12 y media por respeto a los vecinos. La entrada cuesta 35.000 pesos e incluye la cena y el postre. “No soy un bar, soy una casa”, aclara. Antes de abrir, pensó en un cancionero y el 90 por ciento de los que reservaron le mandó por mensaje qué tema quería cantar.La idea, cuenta, se le ocurrió acordándose de los videos de los primeros italianos encerrados que salían a los balcones a cantar al principio de la pandemia. “Dije: ‘Es algo primario que uno tiene como ser humano’”.Hernán Siseles, creador del ciclo del momento, en el piano; el resto, canta y celebraCARLOS SIDONIMás info:
“Una que sepamos todos”: el ritual colectivo que ya ganó la noche porteña
El formato dle piano bar se convirtió en un plan en sí mismo y adopta nuevas versiones: está en los bares, pero también en fiestas, eventos de marcas, casas particulares e inclusó en otros países







