Será porque sonaba el Indestructible de Ray Baretto, pero en ese momento todo parecía sacado de una salsa. El sudor corría a raudales, se bailaba, se jaleaba, apenas se respiraba. La pista no podía hacerse ya más pequeña. Hasta que se abrió uno de los cortinones. Detrás, un pasillo, una puerta que se abría, una luz que encendía y un tacón que ardía. Escoltada por tres moles, apareció la Malportada, la Mafiosa, la Sandunguera. Nathy Peluso. “Cú-Cu-Cú”, irrumpió con su ya mítico grito de combate. Segundos después, estaba subida a la barra, entregada al público y haciendo honor a cada uno de sus apodos. Cantó himnos propios como Sana Sana, coreó sobre los vinilos de maestros tan dispares como Dr. Dre o Willie Collon, y, sobre todo, se desvivió por infiltrar la salsa hasta en las caderas de la última alma del local. “En un mundo donde cada vez estamos más aislados, más acelerados y más encerrados en nuestras propias burbujas, el baile sigue siendo un lugar de encuentro”, explica la artista días después a ICON por escrito. En esta ocasión el despliegue se debía a la inauguración de Heineken House, una experiencia de la cervecera que recorrerá los principales festivales del verano promocionando distintos artistas y talleres. Pero el club El internacional de Madrid, donde se celebró, es solo una de las muchas paradas que Peluso tiene preparadas con su nuevo proyecto: el Club Grasa. Es decir, una serie de fiestas, organizadas desde Roma a Los Ángeles, en las que mezcla su propia música con la de sus ídolos de la mano de los DJ y productores locales. En esta juega eterna, con la que busca volver a poner a bailar a medio mundo, caben todos y todo: de la salsa al hip hop pasando por el mismísimo Jorge Luis Borges. Ficciones, el compendio de cuentos del escritor argentino, es uno de los libros que está acompañando a Peluso este verano y, en realidad, sirve también para explicar el fenómeno en el que se ha convertido. “Intento leerlo porque mi padre es fanático de Borges y yo admiro mucho a mi padre. Quiero entenderlo pero este libro todavía me resulta increíblemente difícil de entender. Lo utilizo como ejercicio de lectura, me saca de lo fácil y me obliga a estudiar”, explica. Como el universo laberíntico de Borges, Peluso también está llena de personajes, ficciones, distintas versiones de sí misma. Es, en definitiva, una estrella que te saca de lo fácil y te obliga a estudiarla con detenimiento. Este año se ha centrado en su papel de curadora de distintas escenas musicales con el Club Grasa, pero antes había sido ya las mil mujeres distintas que va plasmando en sus letras. Desde la businesswoman a esa perra sorprendente, curvilínea y elocuente y, por supuesto, la Sandunguera, la verdadera. “Siempre me gustó jugar con los personajes. Creo que todas esas mujeres viven dentro de mí de alguna manera. Algunas aparecen con más fuerza en determinados momentos de mi vida y otras se quedan más en segundo plano, pero todas forman parte de quien soy. La escritura me permite registrar transformaciones, pero también imaginar y exagerar versiones de mí misma que quizás todavía ni existen. No escribo solo desde lo autobiográfico, sino también desde la imaginación”, confiesa. En su vida real, sin embargo, hay una experiencia que marca por completo el resto de su carrera: la inmigración. Nacida en Luján, vivió después en Buenos Aires y de allí su familia marchó a España buscando mejores oportunidades. Después pasó por Alicante, Murcia, Madrid y ahora Barcelona. La historia de la salsa es, sobre todo, una historia de inmigración y de allí que, desde su primer álbum de estudio, Calambre, se haya empeñado en abanderar, modernizar y exportar de todas las maneras posibles los ritmos latinos. “Siento una identificación muy fuerte. Mi vida estuvo marcada por los desplazamientos, por empezar de nuevo, por adaptarme a lugares distintos. No sé si la música es mi única patria, porque también me siento profundamente conectada a las personas y a los lugares que amo. Pero sí es el lenguaje que me acompaña a cualquier parte del mundo”, cuenta. La agotadora gira mundial de su segundo álbum, Grasa, que la llevó hasta el conocido talk show de Jimmy Fallon y terminó este mes de febrero después de dos años, ha confirmado que efectivamente su público se encuentra ya en cualquier parte del mundo. Pero no solo el suyo. Como demuestran los conciertos virales de Tiny Desk en la radio pública estadounidense, NPR, por la que también ha pasado en esta gira, los artistas latinos gozan ahora de una visibilidad internacional sin precedentes. Y Peluso ha construido gran parte de su carrera sumando fuerzas con la mayoría de ellos: de los más clásicos como Marc Anthony, con el que acaba de publicar Como en el idilio, a los más jóvenes como Ca7riel y Paco Amoroso o Bizarrap. ¿Cómo se vive desde dentro esta gran revolución? “Creo que el momento que estamos viviendo es el resultado de muchísimos artistas, productores, músicos, compositores y comunidades que durante décadas han mantenido vivas estas músicas, las han transformado y las han llevado cada vez más lejos. Yo lo vivo con mucho respeto. Me siento afortunada de formar parte de ese movimiento y de poder aportar mi propia visión desde el lugar que me toca. Al final, lo más lindo es ver cómo estas músicas siguen creciendo, encontrando nuevas formas de expresarse y conectando con gente de todas partes”, responde. Con ese mismo sentido comunitario nació la idea del Club Grasa. Una vez publicado su segundo álbum quiso dejárselo a los productores que más admiraba para que lo reinterpetasen a su manera en un disco de remixes: “Me interesaba ver hasta dónde podían viajar esas canciones cuando dejaban de pertenecerme a mí”. Pero enseguida comprendió que se quedaba corto. “La experiencia no podía quedarse en el estudio, tenía que convertirse en algo vivo, una experiencia física, una fiesta itinerante donde la gente pudiera encontrarse a través de la música. Yo siempre fui muy melómana, en mi carrera exploré muchos géneros, escenas y formas de entender la música y sentía la necesidad de crear un espacio donde toda esa mezcla pudiera convivir con libertad”. En este totum revolutum, asegura, lo que más disfruta es actuar de curadora del talento de cada una de las ciudades que visita. “Me gusta ser anfitriona, generar un contexto para que ocurran cosas. Hay talentos increíbles, DJ, productores y artistas, tanto en el underground como en circuitos más visibles y el Club Grasa me permite acercar esas voces a mi público y generar encuentros que quizás no sucedería de otra manera”, defiende. Las fiestas, como cada uno de sus conciertos, convierten el baile en una exigente sesión de cardio. Pero, ¿de dónde saca las fuerzas para embarcarse en una aventura después de una gira tan exigente físicamente como las suyas? ¿Es capaz de parar y quedarse tranquila? “Me gusta mucho moverme. Siempre estoy entrenando, bailando y aprendiendo nuevas maneras de aprender mi cuerpo. Pero con los años también aprendí a descansar. Ahora bien, incluso cuando estoy descansando, mi cabeza sigue imaginando cosas. Siempre aparece una idea o una conversación que termina despertándome. Creo que eso ya no tiene remedio”, contesta. La próxima versión de Nathy Peluso está siempre al acecho. De la pista de baile, claro.