Fue Woody Allen el que dijo aquello de que, en caso de existir la reencarnaci�n, lo suyo ser�a volver a la vida en las yemas de los dedos de Warren Beatty. No est� claro que el chiste, con su renegrido poso rancio, pase ahora mismo el filtro, pero tampoco la propia figura del gal�n seg�n el patr�n del cine cl�sico parece que sea de lo m�s edificante. Hubo hombres galanes, pero no tanto mujeres en su misma y seductora posici�n. Ellas a todo lo que llegaron en la gran pantalla fue a mujeres fatales, que no galanas, y que siempre fue la forma m�s disimulada de llamarlas, con perd�n, putas. Jorge Mistral, sea como sea y al margen de pol�micas y evidencias, fue un gal�n poseedor de unas yemas de los dedos tan envidiables al menos como las de Beatty. Probablemente el m�s apuesto, el m�s moreno, el m�s pasional y, ya que estamos, el m�s hispano y latino de todos ellos mucho antes que Bad Bunny entrara en escena. Y lo fue en todas las posturas posibles y desde cualquier punto de vista, digamos, ideol�gico.Durante mucho tiempo, en plena dictadura, Mistral se elev� a figura imprescindible del cine historicista, antes que hist�rico, de cart�n piedra firmado por las productoras Cifesa y Suevia Films. En el rigor de la autarqu�a, no hubo haza�a b�lica, descabellada pasi�n amorosa o acontecimiento del pasado imperial que se resistiera a su porte de marino de ultramar. Luego emigr� a M�xico y all� el melodrama canalla empapado en alcohol encontr� en �l la figura atormentada que todo abismo requiere. Quiz� por ello, por su afici�n por los precipicios, directores como Bu�uel, Juan Antonio Bardem o Salom�n Laiter se fijaron en �l. Quiz� por ello, el propio Jorge Mistral pas� buena parte de sus �ltimos a�os de carrera huyendo de s� mismo, de su mito y hasta de sus yemas de los dedos. Quiz� por ello, el 21 de abril de 1972, con 51 a�os cumplidos, �l mismo se quit� la vida.Para buena parte de sus contempor�neos, este hombre nacido como Modesto Llosas Rosell en la localidad valenciana de Aldaya en 1920 fue el motivo y causa de todos los anhelos de evasi�n. Acabada la guerra, las salas de cine se poblaron de abigarrados y artificiosos dramones que serv�an igual para ocultar que para huir de una realidad demasiado grosera y sucia. Y en todos, Jorge Mistral oficiaba de aut�ntico y genuino objeto, que no sujeto, de deseo. Pel�culas como Locura de amor, La duquesa de Benamej�, Currito de la Cruz o Peque�eces, todas de Cifesa, al lado de la primera versi�n de las aventuras de los guardiamarinas en Bot�n de ancla, los paracaidistas de La trinca del aire o los esforzados resistentes de H�roes del 95 hacen de �l el perfecto protagonista de una Espa�a irreal, de una Espa�a en fuga, de una Espa�a nost�lgica de un tiempo tan esplendoroso como inexistente. En la segunda mitad de los 40 y principios de los 50, escoltado por Aurora Bautista, Amparo Rivelles, Maruchi Fresno o la propia Carmen Sevilla como la Hermana San Sulpicio, �l fue el poseedor, ya se ha dicho, de las m�s envidiadas yemas de los dedos del r�gimen.Y as� hasta que M�xico le descubri� y hasta se apropi� de �l. Tras m�ltiples incursiones en un cine siempre desgarrado que viv�a su primera edad de oro, su papel en el melodram�n de �xito infatigable El derecho de nacer (Zacar�as G�mez Urquiza, 1952) le convirti� en probablemente la primera estrella global hispana, latina o hispanoamericana, como se quiera. De repente, Jorge Mistral era tan conocido y deseado ac� como all�. Y lo era merced a la tragedia antiabortista de un hijo ileg�timo, sea esto lo que sea, que tras salvarse de no haber nacido acaba convertido en honorable m�dico (con toda seguridad �l mismo antiabortista). De eso iba el que hasta hoy es uno de los mayores �xitos del cine mexicano de todos los tiempos. Durante toda la d�cada antes de la irrupci�n de los nuevos cines, Mistral demostr� ser capaz de todo sin pr�cticamente excepci�n. Con el torbellino de Mar�a F�lix rod� Camelia; con Carmen Sevilla, Un caballero andaluz; con Sophia Loren, La sirena y el delf�n (al lado de Alan Ladd); con, otra vez, Aurora Bautista, La gata... Igual se le vio en el melodrama de rigor, que en el peplum de pecho lata (Esclavas de Cartago), que en el policiaco con estilo (fin�sima La ley del silencio, de Jos� Antonio Nieves Conde y Jos� Mar�a Forqu�), que en la comedia disparatada (El caso de la mujer asesinadita)...El �xtasis, seg�n Luis Bu�uelY entre tanto, Jorge Mistral empez� quiz� su pelea contra Jorge Mistral. En la turbamulta de un triunfo que no conoc�a fronteras, dos pel�culas destacan por su arrogancia y, si se quiere, hasta su brillante empe�o autodestructivo. En 1953 rod� con Bu�uel en M�xico Abismos de pasi�n, la m�s surrealista aproximaci�n a la por fuerza surreal novela de Emily Bront� Cumbres borrascosas. En ella, �l es Heathcliff (o Alejandro para la nueva lectura) en la fren�tica interpretaci�n de una pasi�n amorosa que es a la vez venganza, duelo, �xtasis, rabia y arrebato. Todo. Se dir�a que el propio Mistral refuta cada uno de sus papeles anteriores en una suerte parodia tr�gica que tambi�n es sublimaci�n. El director espa�ol se sirve del legado del actor para darle la vuelta y hacer sangre, y el actor, en correspondencia, utiliza la graf�a siempre desmedida del realizador para ofrecerse en sacrificio. Tan descarnado como cruel.Algo parecido suceder�a en el prop�sito fallido por culpa de la censura de convertir a Mistral en met�fora de un pa�s entero. Lo intent� Juan Antonio Bardem en La Venganza en 1958. El director quer�a una historia de arquetipos en la que las dos espa�as viv�an su gran momento de reconciliaci�n y hasta perd�n. Mistral, el que hab�a sido durante tanto tiempo el gal�n del r�gimen, encarnar�a al otro, a la Espa�a derrotada en la piel de un segador que busca su momento de, en efecto, venganza tras pasar diez a�os en la c�rcel por un crimen que no cometi�. Y Raf Vallone daba vida a la Espa�a golpista y culpable que, en la buscada redenci�n sin derramamiento de m�s sangre, deb�a antes aceptar su culpa. Puesto que fue �l el culpable. Tras la intervenci�n de los aplicados censores, el argumento, al fin, result� lo suficientemente cr�ptico para que nadie entendiera nada. Pero la intenci�n, el deseo de Mistral de ser lo contrario de lo que siempre fue, ah� qued�.Ya al final de su carrera, y tras intentar por tres veces dirigir pel�culas sin ning�n �xito (la m�s destacada fue la olvidada y olvidable Crimen sin olvido), Mistral intentar�a su �ltima y m�s �ntima recusaci�n de s� aceptando un personaje homosexual que cambia sexo por droga. O al rev�s. Ni rastro del heroico salvador de todas las patrias. Lo hizo en la pel�cula de Salom�n Laiter Las puertas del para�so. Un a�o despu�s, en 1972, aquejado de un c�ncer de duodeno, decid�a dejarlo todo, abandonar todo lo que hab�a sido y, como su admirado Pedro Armend�riz, tocar por fin con la yema de los dedos a la misma muerte.
Jorge Mistral, el primer icono de la Hispanidad global que se cans� de ser estrella
Fue Woody Allen el que dijo aquello de que, en caso de existir la reencarnaci�n, lo suyo ser�a volver a la vida en las yemas de los dedos de Warren Beatty. No est� claro que el...







