Aunque le colocaran en segundo plano, y a ningún director con sentido de la supervivencia se le ocurriría hacerlo, el señor Robert Redford se comía la pantalla. La cámara le amaba. También infinitas mujeres de cualquier lugar y condición que poseyeran sentido del gusto. Y a los hombres nos caía muy bien. Nos gustaría ser como él. En vano, por supuesto. El gran público no acudía a los cines en función de los seres que dirigían las películas. Iban a ver una película de Robert Redford. O de Paul Newman. O sea, el estrellato absoluto es algo palpable, real, inmune a las fórmulas, aunque estas las manejen genios del marketing, la publicidad, la promoción.
Y por supuesto que existieron cerebros calculadores que no albergaban dudas de que si lograban juntar a Redford y a Newman delante de la cámara, y les ofrecían guiones sabrosos y personajes memorables, los espectadores iban a babear de placer. El campo magnético que ambos poseían, y que la historia que compartían tuviera encanto, garantizaba un placer imperecedero para un público masivo y la convicción de que el cine puede ser fascinante. Los situaron en el wéstern y en el cine de estafadores. El programa doble que compone Dos hombres y un destino y El golpe puede endulzar eternamente, divertir, intrigar, hacer reír, hipnotizar, la sensación de pasar un rato inolvidable a espectadores de todo tipo. Incluso a los intelectuales y a los modernos.















