Muchas veces escuché a personas decir: “Si algún día me pasa esto, esa prueba no la paso”. “Si yo tuviera que vivir con eso, no podría”. “Si me pasa algo así, me muero”. “Yo eso no lo podría soportar”.

Y lo interesante es que, muchas veces, después me tocó ver a esas mismas personas enfrentarse justamente con aquello que alguna vez dijeron que jamás podrían atravesar. Y las vi atravesarlo. Con dolor, seguramente. Con miedo. Con momentos de angustia. Pero también con una entereza que ellos mismos no sabían que tenían.

Y entonces aparece una pregunta que me parece fascinante: ¿El desafío generó una fuerza que antes no existía? ¿O esa fuerza ya estaba ahí y el desafío simplemente la despertó? Yo creo que muchas veces ocurre lo segundo. Creo que tenemos dentro nuestro fuerzas que están dormidas. Capacidades que existen, pero que todavía no conocemos porque nunca tuvimos la necesidad de utilizarlas.

Todo pasa ¿Cómo devolverle la sonrisa al rey?

Y quizás los estresores de la vida —esas situaciones que nos sacan de nuestra zona de comodidad— tienen justamente esa función: despertar fuerzas internas que vamos a necesitar para enfrentar aquello que tenemos delante.