Hay elogios que solo pueden escribirse a contramano de la época y este es uno de ellos. A la altura del primer cuarto del siglo XXI, la hiperdesconexión merece ser elogiada como un medio, o un instrumento, no solo de supervivencia existencial –física, psicológica, emocional, social y espiritual–, sino también de resistencia clandestina, clandestina en la medida en que nadie espera –o todos desean mortalmente anhelantes– nuestra permanencia en el mundo de la plena conectividad: wired, no wireless. Esa omnipresencia impone su propia forma del tiempo, un “omnitiempo” del puro y descarnado presentismo, casi una cosmogonía, sin historia acerca del pasado ni imaginación sobre el futuro. Byung-Chul Han lo denominó poéticamente un “tiempo sin aroma”, un presente que se atomiza porque ha perdido el hilo narrativo, porque ya no lo habita el “animal narrans”. Y también Éric Sadin puso nombre a esedespojo, la “siliconización del mundo”, esa delegación de nuestras decisiones en sistemas que ya no nos informan, sino que nos dictan qué conviene hacer, cuándo, dónde, cómo, pero sin un por qué, ni el para qué ni, mucho menos, un para quiénes. Que el diagnóstico sea exacto lo demuestra, con ironía perfecta, Hipnocracia. El libro improbable que con toda verosimilitud y densa consistencia argumental describe un poder que ya no reprime ni vigila, sino que administra estados de conciencia, aunque elaborado por un autor imaginario, inexistente, el presunto filósofo Jianwei Xun, alter ego de una provocativa construcción narrativa de Andrea Colamedici escrita a la par con dos inteligencias artificiales. Durante meses lo citamos como a un maestro, y tal vez lo merecía, pues el libro sobre la hipnosis colectiva fue, él mismo, un dispositivo hipnótico de una profundidad que aún estamos tratando de calibrar y entender.