En una sociedad tecnológicamente acelerada cabe preguntarse si el verano sigue significando descanso y si somos capaces de evitar la pulsión de mirar el móvil

Lo que queda de agosto promete reposo, pero basta una notificación para recordar que el mundo sigue girando, lo insta a reflexionar sobre las posibilidades de desconectarse de las pantallas que marcan nuestras vidas.

El especialista derecho digital Francisco Javier Vilches considera que la cultura de la disponibilidad laboral deja las buenas intenciones en mero papel. Para la escritora Azahara Palomeque, la incapacidad de quitarnos de encima esa prótesis llamada móvil va más allá de las exigencias profesionales.

La respuesta a la pregunta de este debate, aunque parezca incómoda, es no. No para quien trabaja con un móvil cerca y sabe que al otro lado alguien espera una respuesta. La desconexión digital vive en la ley. En la vida real, lograrla es una odisea.

En enero de 2019, redacté mi primer protocolo de desconexión digital. Apenas había pasado un mes desde la entrada en vigor de la Ley Orgánica 3/2018, que garantiza los derechos digitales. El artículo 88 es claro: quien trabaja, en el sector público o en el privado, tiene derecho a desconectar al acabar su jornada, también en sus días libres y en vacaciones. La empresa, o el ente público, debe fijar por escrito cómo se ejerce ese derecho, incluir a sus jefes y enseñar a todo el personal a usar bien la tecnología. Y no fue así entonces, y no lo es hoy. Eso sí, en el papel quedaba y queda muy bonito.