La fotógrafa Eva Filgueira viajó durante 10 años con diversos circos por pueblos de España. Durante esta vida nómada, retrató a las mujeres barbudas, los acróbatas, los lanzadores de cuchillos y quienes llevan adelante estos espectáculos

Durante un tiempo me dediqué a acompañar y retratar a artistas de circo y teatro ambulante. Me fascina la fotografía desde que tengo uso de razón, tanto que acabé dedicándome a ella. Aun así, en la vida adulta hay cosas que hacemos porque debemos y otras que hacemos porque queremos. Trabajar pertenece a la primera categoría. Muchas horas de pantalla, de edición, de encargos que entran dentro de lo que “hay que hacer” para vivir.

Para mí, la cámara minutera era una vía de escape, una forma de volver al trabajo manual, al laboratorio químico con el que me había enamorado de la fotografía años atrás. Esta técnica fue muy popular durante la primera mitad del siglo XX y contribuyó a democratizar la fotografía, especialmente en zonas rurales, donde no existía acceso a los estudios urbanos a los que solo podía acudir una parte acomodada de la sociedad.

Hace casi 10 años empecé a recorrer España con esta cámara para retratar fiestas populares y encuentros familiares. Comprendí que ese modo de trabajar compartía algo esencial con el circo y el teatro ambulante: ambos llegaban de forma esporádica a los pueblos, llevando consigo una experiencia extraordinaria, así que, por simpatía y afinidad, comencé a trabajar con la compañía Teatro Sobre Ruedas en España, o el circo contemporáneo MagdaClan en Italia. Sencillamente los llamé y les propuse viajar con ellos.