El festival madrileño Riesgo impulsa espectáculos que desafían el encasillamiento familiar de la disciplina y reclaman su lugar en la escena contemporánea como un lenguaje artístico propio

De vez en cuando se escucha alguna exhalación. También alguna tímida risa. Pero el ambiente dista mucho del jolgorio gritón que suele asociarse a los espectáculos de circo. En la Sala Roja de los Teatros del Canal de Madrid mandan la oscuridad y el silencio. No se encuentra a más de un par de niños entre el público. Sobre las tablas, seis jóvenes intérpretes juegan con sus cuerpos: los doblan, los zarandean, los golpean con delicadeza, los abrazan con violencia. Parece que no hay músculo o hueso en esas masas que se resista al movimiento controlado. Cada dedo del pie, cada ceja. Es una constante demostración de destreza, pero envuelta en una narrativa reposada que la pone a su servicio. Ahí ...

hay amor, miedos, desgarros, atracción, sexo. Ahí hay traumas adultos, angustias, placeres. Es la compañía canadiense People Watching, incipiente referencia en el mundo del circo contemporáneo, que inauguró la semana pasada la segunda edición del festival de circo Riesgo, pensado para públicos adultos, que se desarrolla hasta finales de febrero en Madrid.