Los genios derriban tendencias. En un fútbol embobado por el físico y la intensidad, Messi caminó durante el Mundial, como queriéndonos enseñar que el fútbol es un juego de momentos, y los momentos hay que saber esperarlos. Le bastaba medio metro, medio segundo, para fascinarnos y hacer estallar los partidos. Pero Messi tuvo la suerte de salir favorecido en el reparto inicial: nació con tanta ventaja natural que, ejemplar único, resulta incomparable. No busquemos réplicas.Rodri, que marcó la actualidad este verano, sirve mejor como referencia de lo que es la esencia del fútbol. Saber jugar no tiene que ver con desarrollar músculo en un gimnasio ni con la velocidad, tiene que ver con el criterio: cuándo conviene jugar en corto y cuándo en largo; cuándo tocar de primera y cuándo conducir; cuándo acelerar y cuándo frenar. El equipo entero responde a sus decisiones como si en lugar de un balón, manejara una batuta. Su fútbol tiene un fondo cultural, el de España. Y sus convicciones quedaron reflejadas este verano, cuando optó por el Barcelona por identificación con un estilo. Si hay que elegir a un jugador para explicar la España campeona del mundo, ese jugador es Rodri.Ya hay perspectiva para el análisis. Se calmaron los indignados, razonaron los conspiranoicos y todos entendimos que España ganó el Mundial con autoridad. Fue superior a todas las selecciones que enfrentó y lo hizo con elegancia. Y la elegancia suele ser discreta. España supo imponer su ritmo pausado y su valentía para imponer lo diferente. En un fútbol cuyo canon futbolístico contemporáneo exige verticalidad, presencia atlética y hasta cara de velocidad en los futbolistas, España propuso una forma distinta de controlar los partidos. Siempre se tomó su tiempo. Y, en una época en que el endiosamiento de la táctica nos ha acostumbrado a hablar de espacios, nos recordó que al fútbol se juega con un balón, la forma más vieja de ser revolucionario.No sé si fue entendida su subversión. Al menos, en su justa medida. Fuera de España se reconoció su autoridad, pero se quedaron cortos en los elogios. Lo de España fue superlativo y lo logró sin ningún superclase de esos que ganan partidos que no mereces ganar. Lamine fue uno más en esta ocasión. España fue un equipo. Un gran equipo.Enseñó que hay que jugar con orden, con entrega, con coraje. Pero, sobre todo, que hay que jugar con un balón. Fue muy importante que, al final, la pelota pidiera su lugar, revelara su importancia. El que mueve el balón con criterio, le va quitando piernas, confianza y orden al rival. Cuando lo tiene el contrario, de esto se habló menos, la presión los obliga a jugar a una velocidad por encima de sus posibilidades, lo que provoca continuas imprecisiones. Argentina en la final, como Francia en la semifinal, no jugaban, se sacaban el balón de encima. El que recibía tenía un problema y se lo traspasaba a un compañero. En el mejor de los casos el balón terminaba en el arquero, que despejaba para devolvérselo al rival, solo que más lejos. Así una y otra vez, durante todo el partido.La intensidad está de moda. Será porque refleja nuestro estilo de vida, lo cierto es que no hay equipo que no quiera jugar a todo gas. Menos España, que nos enseñó que no se puede confundir la velocidad con el tocino. Hasta para la frase final hay que ir al refranero, quizás porque algunas verdades del fútbol haya que buscarlas atrás y no donde la tendencia pretende empujarnos.La Liga empezó enriquecida por casi veinte nuevos campeones del mundo que saben, como decía Di Stéfano, “que el fútbol no se corre, se juega”.
El balón tenía razón
España ganó el Mundial con autoridad, fue superior a todas las selecciones que enfrentó y lo hizo con elegancia y con la pelota, la forma más vieja de ser revolucionario






