Hubo un instante, hacia la mitad del segundo tiempo, en el que el partido dejó de parecer una final del mundo.
Argentina perseguía el balón con ansiedad, España lo hacía circular con serenidad y el encuentro adquiría una dirección que parecía inevitable.
La campeona del mundo había llegado acostumbrada a sobrevivir en medio del caos. España le negó precisamente ese territorio, y allí comenzó a decidirse el Mundial.
Las grandes selecciones poseen una virtud excepcional, consiguen que el rival deje de parecerse a sí mismo. Eso ocurrió en esta final
Durante semanas, Argentina remontó partidos que parecían perdidos, resistió la presión, encontró fuerzas cuando el reloj anunciaba la despedida y convirtió la adversidad en una forma de competir.











