El castellano ofrece estas delicias: decir, digamos, una cosa sabiendo que al mismo tiempo dices otra
Estamos aburridos y lo hacemos. Es un clásico: nos juntamos variados castellanos, ñamericanos y españoles, y nos reímos de la distancia entre lo que unos dicen y otros oyen. El castellano ofrece estas delicias: decir, digamos, una cosa sabiendo que al mismo tiempo dices otra. Para nosotros argentinos, por ejemplo, coger el autobús cada mañana suena a hazaña sexual digna de mejor causa. Para muchos españoles, en cambio, tomárselo temprano es una forma rara de alcoholismo. Es sólo un ejemplo de una ristra que podría ser eterna; hoy voy a centrarme en la palabra pija.
Y debería aceptar que lo hago porque sí, porque me dio la gana, por risas de patio de colegio, pero mi pudor de columnista me intima a que intente una excusa lingüística: a diferencia de la mayoría, la palabra pija, al pasar de una lengua a la otra, no solo cambia de sentido; también cambia de función. O sea: lo que era sustantivo —y muy sustantivo— en argentino pasa a ser adjetivo —y tan adjetivo— en español. Como ven, mi explicación no cambia nada.
Así que al toro: algunos de ustedes saben, supongo, que en argentino pija es una forma más bien gruesa de llamar a eso que tienen muchos varones colgando entre las piernas. (La descripción es ajustada y, sin embargo, nada preocupa más a los varones que conseguir que ya no esté colgando.)










