Zarandeada ya por la agenda de todo un curso, aflojada por el calor y menguada de ganas, una se encuentra a punto de escribir cosas como “marco incomparable” o “abanico de posibilidades”. Afortunadamente, la pluma guarda pundonor para levantar su gallardo estandarte contra esas expresiones que juntas están en la memoria mía y contra el buen gusto parecen conjuradas.

En las clases de lingüística, este tipo de combinaciones repetidas recibe el nombre de coapariciones. Son grupos de palabras que tienden habitualmente a unirse: “esfuerzo ímprobo”, “ignorancia supina”, “error garrafal”... No todas ellas están manidas ni vaciadas de significado, y aprenderlas es un reto para quienes estudian español como segunda lengua: decimos “cometer un error” y no tanto “hacer un error” porque hay una coaparición fijada. En inglés son collocations, por eso a veces se han denominado colocaciones; otros, con más inspiración, las han llamado solidaridades léxicas.

“Merecidas vacaciones” es una de esas solidaridades, una expresión que las hemerotecas empiezan a recoger hace solo un siglo, lo que revela que el concepto de vacaciones laborales y la normalización del derecho obrero a su disfrute es un logro tardío, insólito en el Antiguo Régimen, cuando la idea de trabajo se asociaba a un castigo divino e incuestionable. En torno a 1920 empieza a aparecer en los textos eso de “merecidas vacaciones” (y no tanto al revés: “vacaciones merecidas”); desde entonces la expresión prolifera en cuanto se acerca el verano.