“Hubo campamentos y boicots por Palestina en todo el mundo. No recuerdo una sola movilización comparable por las afganas”: Catalina UribeFoto: María Carolina RestrepoResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00En la costa colombiana, “niña” puede ser una mujer de 80 años. Varios hombres se han encargado además de definir el término no como infantilizante ni despectivo, sino como “cariñoso”. Busqué definiciones, desde la del lingüista Luis Flórez, del Instituto Caro y Cuervo en 1949, hasta otras más recientes sobre barranquillerismos, y todas apuntan a lo mismo: un supuesto tratamiento respetuoso y afectuoso para las mujeres mayores. Pensé en esa niña anciana cuando esta semana la discusión se desplazó hacia otra cuestión: ya no si está bien llamar “niñas” a las mujeres, sino si hace falta llamar “niñas” a las niñas.Todo empezó cuando un director regional del ICBF en Huila pidió en un documento interno usar “exclusivamente” los términos “niños y adolescentes”. La nueva directora, Carolina Restrepo, no defendió la fórmula, pero precisó que en los documentos oficiales se utilizará “niñez”, palabra que, según ella, incluye a niños y niñas. Después explicó que no quiere convertir el lenguaje del ICBF en una disputa ideológica ni “multiplicar palabras”.Mientras aquí se discutía si hacía falta decir “niña”, algunas noticias recordaban el quinto aniversario del regreso de los talibanes al poder. Allá las mujeres, o más bien las no mujeres, no personas, o esclavas, han ido desapareciendo de la vida pública. Mediante más de 100 decretos, Afganistán es hoy el único país del mundo donde la educación secundaria y universitaria está vedada a niñas y mujeres. Más de 2,6 millones han sido privadas de educación secundaria desde 2021. Además, no pueden acceder a buena parte de los trabajos, tienen restricciones para moverse y una ley prohibió que la voz de la mujer se oiga en público. Sí: su voz no puede siquiera oírse.Y aun así, de Afganistán y del silencio impuesto a sus mujeres oímos mucho menos que de Gaza o Ucrania. Tal vez porque somos más propensos a reaccionar ante el acontecimiento: el estallido de una bomba, el derrumbe de un edificio, los muertos, las imágenes de destrucción acompañadas de cifras. Mientras Gaza y Ucrania generan impactos de cobertura inmediata, Afganistán produce algo menos espectacular: una opresión administrativa y cotidiana dirigida contra mujeres y niñas. Una niña cumple 12 años y deja de estudiar. Una mujer pierde su trabajo. Otra deja de salir sola. Y mañana vuelve a pasar lo mismo.La repetición, que debería volver más insoportable la injusticia, termina normalizándola. Funcionamos un poco como el algoritmo: lo que no produce novedad, interacción o imágenes nuevas deja de aparecer. Igual pasa con la conciencia política. Gaza se convirtió, con razón, en una gran causa moral y, para cierta izquierda, en explicación para todo. Petro la vinculó con drogas, migración y cambio climático, y llegó a calcular nuestra violencia en “10 Gazas”. Hubo campamentos, marchas y boicots por Palestina en todo el mundo. No recuerdo una sola movilización comparable por las niñas y mujeres afganas. El retruécano siempre vuelve a Gaza, casi nunca a Kabul.No se trata de jerarquizar el dolor ni de restar indignación a Gaza, sino de preguntar por qué ciertas víctimas mueven la conciencia colectiva y otras quedan en el olvido. Los políticos eligen a sus víctimas por cálculo, pero el abandono a las mujeres parece ser el consenso. En Colombia, la superioridad moral de la izquierda no tuvo alcance para las afganas, y la derecha, siempre en pie de guerra contra el enfoque de género, repudia el régimen talibán mientras promueve en casa a la mujer dócil: la que no incomoda, complace y sonríe cuando corresponde. Es la misma coherencia que borra la palabra “niña” de un texto oficial excusándose en la economía del lenguaje, mientras infantiliza a las mujeres llamándolas “niñas” como gesto de afecto condescendiente.Conoce más