Pantalones estrechos en el desfile de moda hombre para la primavera verano
Cortesía de Prada
Raquel Fernández Sobrín
Todos los titulares de medios de comunicación de moda que desde el año pasado amenazan con el regreso del pantalón pitillo al armario masculino, fuerzan el diagnóstico. Lo que quieren decir es que vuelve a ser considerado moda. Durante la primera parte de la década de 2020, mientras las pasarelas ensanchaban las perneras hasta convertirlas casi en una cuestión arquitectónica, muchos hombres siguieron comprando vaqueros slim o directamente skinny. Perdieron prestigio entre diseñadores, editores y consumidores atentos; no desaparecieron de las oficinas, las bodas, los estadios ni las discotecas. Simplemente dejaron de aparecer en las imágenes con las que la moda se explica a sí misma.
Para entender por qué hablar de regreso resulta algo tramposo conviene recordar cómo llegó el pitillo hasta aquí. Hedi Slimane estrechó la silueta masculina a comienzos de los dos mil en Dior Homme y convirtió en deseable un cuerpo alargado, delgado y casi adolescente. Al principio, como ocurre con casi cualquier cambio serio de proporciones, costó imaginar a la mayoría de los hombres dentro de aquellos pantalones; hacia 2010, la ruptura ya se había convertido en uniforme. El elastano terminó de resolver lo que la anatomía podía objetar y creó una dependencia difícil de deshacer: hay hombres que ya no conciben un vaquero que no ceda al sentarse y otros que llevaron el estrechamiento hasta bajos tan ajustados que acarician la categoría de body paint. Lo que había empezado como una provocación terminó pareciendo la versión natural de un pantalón.






