En el verano de 1957, hace casi 70 años, Orson Welles comenzó el rodaje de su proyecto soñado, una versión de Don Quijote que desde su debut en el cine había imaginado en su cabeza. Welles, amante enfervorecido de la obra maestra de Cervantes, daba la claqueta inicial de un filme que tenía a un exiliado español, Francisco Reiguera, como el ingenioso hidalgo y a Akim Tamiroff —con el que trabajaría después en Sed de mal o Mr. Arkadin— como Sancho Panza, su eterno acompañante.
No era un Quijote al uso. Era una versión levantada a pleno pulmón, sin apenas presupuesto y una vocación experimental y casi de ensayo cinematográfico. En vez de rodarla toda seguida, el rodaje se realizaría según se fuera pudiendo. Un año más tarde, en Roma, retomaron aquel rodaje con los mismos actores y con las bobinas del material rodado para comenzar a montar lo ya hecho. Lo mismo ocurrió en 1961, cuando aprovechó la serie televisiva sobre España que le produjo la RAI italiana para rodar nuevas escenas. Así, poco a poco.
Ni siquiera la muerte de Reiguera y Tamaroff —ambos fallecieron en 1972— le hicieron abandonar su alargado sueño. Cambió al color, cambió los intérpretes y aseguraba que le quedaba poco para terminarla… Nunca lo hizo. Lo más cerca que la gente estuvo de ver aquel Quijote soñado por Welles fue la película estrenada por Jesús Franco —el mítico cineasta de terror español e íntimo amigo de Welles— que con motivo de la Exposición Universal de Sevilla en 1992 mezcló el material rodado por Welles (que había adquirido la Filmoteca Española) y las escenas del documental producido por la RAI en una película de título Don Quijote de Orson Welles.







