Actualizado Jueves,
agosto
21:30Fue seis veces mayordomo, otras tantas doctor, alguna menos agente funerario, en una ocasi�n Judas, en otra apache, un muy divertido don Guitarr�n al lado de Viruta y Capulina, aliado de Bu�uel en sus alardes m�s desmedidos y siempre, siempre, el Quijote de Orson Welles. Francisco Reiguera pertenece a esa estirpe de actores con modales y aspecto de arquetipo. Antes que un simple int�rprete fue modelo, esquema, signo de exclamaci�n y hasta emblema. M�s all� del papel que le coron� para la eternidad como Alonso Quijano al lado del Sancho Panza que animaba el ruso Akim Tamiroff en una pel�cula que no fue terminada, que se mont� a�os despu�s tanto de su muerte como la de la del propio director, que finalmente se estren� pero de muy mala manera y que ahora mismo vive su quiz� definitiva resurrecci�n por el empe�o de varias filmotecas europeas; m�s all� de todo esto, dec�amos, este actor exiliado dej� su nombre en el elenco de m�s de 150 pel�culas (en 49 de ellas aparece sin acreditar, es decir, aparece sin aparecer), dirigi� dos perfectamente olvidadas (Yo soy usted, 1943, y Ofrenda, 1953) y escribi� otra m�s (El secreto de la solterona, de Miguel M. Delgado, en 1945) que nadie recuerda. Pero en verdad, y por contradictorio que resulte, m�s all� del Quijote, de su Quijote, del Quijote de Welles, no hay nada. Es m�s, por no haber, y dada la naturaleza esencialmente evanescente del Quijote de Welles, no hay ni pel�cula. Francisco Reiguera es as� la m�s grande figura de una producci�n descomunal, pero inexistente. Francisco Reiguera es un actor espa�ol que, dando vida al m�s universal de los espa�oles, apenas pudo pisar Espa�a por su condici�n de exiliado en M�xico desde 1940 y antes, desde el final de la Guerra Civil, en Par�s.Recapitulemos. En agosto de 1964, en una entrevista publicada en la revista Film ideal, Orson Welles confesaba ufano como era �l que su Don Quijote, y el de Reiguera, estaba pr�cticamente terminado. "S�lo me faltan unas tres semanas de rodaje", dec�a entonces para sorpresa del entrevistador. Las palabras debieron de sonar ya entonces extra�as. Los or�genes de su adaptaci�n de la obra de Cervantes se remontaban a los a�os 50. Ahora mismo, desde el siglo XXI, sin embargo, se antojan sencillamente delirantes. El director de Ciudadano Kane muri� en 1985, 20 a�os despu�s del anuncio del supuesto fin de rodaje, y la pel�cula qued� inacabada; necesariamente incompleta. Fue el proyecto de su vida; una especie de home movie en la que el actor y el director invert�an todas sus energ�as y todo su capital. La explicaci�n de este fracaso la daba el propio Welles: "Empec� haciendo un programa de televisi�n de media hora, para eso es para lo que ten�a dinero, pero me enamor� tan profundamente del asunto que lo fui ampliando y he ido rodando a medida que ten�a dinero. M�s o menos me sucedi�, como saben, lo mismo que a Cervantes, que empez� escribiendo una novela corta y acab� haciendo Don Quijote". Welles, en su fervor de genio, acab� por ser el mismo Quijote. O tal vez termin� convertido en Cervantes que previamente se hab�a transformado en su personaje. Y Reiguera, exactamente lo mismo.Una obra eternamente inacabadaUno y otro se encontraron por primera vez en 1957. El hombre que naciera en Madrid dos siglos atr�s (en 1899, para ser precisos) y que se iniciara en su oficio desde muy temprano como ni�o actor vio en el proyecto del m�s grande de los directores la posibilidad de redenci�n de una vida entera. Reiguera encar� esta nueva y �ltima aventura no solo como el primer papel verdaderamente protagonista de una filmograf�a demasiado larga y demasiado an�nima, sino que no es dif�cil imaginar lo que supuso para un exiliado la certeza de volver a su patria en la piel del mayor de los h�roes dibujado por la imaginaci�n del mayor de los creadores espa�oles. Un exiliado de una dictadura fascista daba vida a otro exiliado de otra dictadura, la cordura. En ese momento, Reiguera, lejos de simplemente interpretar un personaje, se transform� en �l. Y lo hizo, como el propio Welles confesaba, de la misma manera que Alonso Quijano muda a Quijote. Fue el Quijote y lo fue hasta el �ltimo aliento. Desde que acept� al trabajo hasta su muerte en 1969, con su rostro de l�piz, sus andares desacompasados y su perfil de navaja, Reiguera vivi� literalmente en el sue�o hecho realidad de ser plenamente sue�o, de ser �l gracias a la certeza de ser otro.Se cuenta que ya, presintiendo en final de su vida, Reiguera pidi� a Welles, implor� mejor, que terminara de rodar las secuencias en las que �l aparec�a por no sufrir la humillaci�n de verse sustituido cuando apenas quedaba ya nada. No era f�cil. En su condici�n de exiliado, sus entradas en Espa�a para rodar se ten�an que hacer con cuidado, con respeto a la autoridad y por tiempo limitado. El director accedi� a pesar de que su pel�cula y su guion cambiaban al ritmo que exige lo que no admite otra escritura que lo impredecible. Welles no buscaba una adaptaci�n del texto en el sentido tradicional, sino que su Quijote es m�s bien una lectura o traducci�n empe�ada en hacer saltar por los aires cualquier sentido de la medida o el l�mite. En la pel�cula de Welles y Reiguera, el pasado y el presenten se mezclan, discuten y se refutan. La Espa�a que se ve es la de hoy, la de ayer y la de siempre. Quijote y Sancho se baten contra un mundo contempor�neo plagado de caballos mec�nicos y de artefactos milagrosos que reproducen la realidad en el interior de una sala de cine.La pel�cula sigui� su rodaje m�s all� de la muerte de su protagonista. Ni el actor ni el director llegaron a verla. Quiz� estaba en su naturaleza no ser m�s que eso: una locura siempre en marcha, siempre en proceso, para combatir y hacer frente la locura misma de la realidad, la locura de una dictadura de 40 a�os. Mantiene Foucault en Las palabras y las cosas que el propio Quijote no es tanto carne enjuta sobre hueso largo, como signo. "Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita. Est� hecho de palabras entrecruzadas; pertenece a la escritura errante por el mundo", se lee. En efecto, La Mancha por la que mal galopa el hidalgo hace tiempo que ha abandonado "los juegos antiguos de las semejanzas". La realidad vive infectada de la ficci�n que le da cobijo, alas y finalmente sentido. Reiguera as� lo crey� y quiso ser tambi�n �l antes ficci�n real que realidad de mentira. "El libro", sigue Foucault en alusi�n a la novela de Cervantes, "es menos su existencia que su deber. [El Quijote] ha de consultarlo sin cesar a fin de saber qu� hacer y qu� decir y qu� signos darse a s� mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma naturaleza que el texto del que ha surgido". Y qui�n sabe si por azar o necesidad as� lo hizo tambi�n Francisco Reiguera cuando acept� el encargo de Welles como el destino de una vida entera. Reiguera, un hombre que fue Quijote, que fue exilio, que fue signo, palabra y s�mbolo.









