Actualizado a las 23:19h.
Murieron los toros de Victorino con la boca cerrada, pero dijeron muchas cosas en su regreso a Málaga doce años después. En todos los idiomas posibles, en el latín que sabían, en el afrancesado de la clase, en el español de la emoción apasionada. Hubo ... un ejemplar extraordinario, Borracho, con el que deleitó un inmenso Fortes. Exigentes y con complicaciones todos los demás, con un Emilio de Justo enorme, tragando frente a un Escusano que poco se pareció a aquel extraordinario de la Hispanidad venteña. Por la puerta grande se marcharon mientras Manuel Escribano lo hacía por la de la enfermería. No lo perdonó el primero, con una cornada de quince centímetros en el músculo tibial, pero aun así volvió a nacer el día de su cumpleaños. Literalmente, pues cuarenta y dos velas soplaba justo este 21 de agosto, y tuvo mucha suerte de que el pitón no tocara en una zona de más peligro. De torero macho su gesto de permanecer en el ruedo, de meterse entre pecho y espalda los dos de su lote mientras su propia sangre barnizaba completamente la media rosa y formaba una charco rojo dentro de la zapatilla.






