21 de agosto, 2026 - 06h00Ecuador tiene una manera curiosa de olvidar a sus próceres: los pone en los billetes que ya no circulan y en los nombres de calles que nadie mira. José Mejía Lequerica es uno de esos casos más flagrantes. Fue, según los cronistas de su tiempo, el diputado más brillante de las Cortes de Cádiz, el parlamento que en 1812 le dio a España su primera Constitución liberal, y sin embargo la mayoría de los ecuatorianos no sabría decir hoy quién fue, ni que nació en Quito, ni que su esposa, Manuela Espejo, custodió durante medio siglo la memoria de otro quiteño ilustre: la de su hermano el médico Eugenio Espejo, precursor de la independencia latinoamericana.Esa es la historia que cuenta mi nueva novela histórica, La luz de dos mundos, disponible en Amazon. Esta novela nació de la convicción que la Ilustración americana, esa corriente de ideas liberales que desembocó en la independencia del continente, no se entiende bien si se la reduce a próceres militares con la espada en alto. Se entiende mejor si se la sigue en las palabras: en los discursos, en las cartas, en los periódicos, en las conversaciones que ocurrieron antes de que nadie empuñara un arma.La novela sigue dos vidas paralelas y unidas por el matrimonio y la sangre. En Quito colonial, una niña que observa el mundo desde una ventana estrecha se convertirá en Manuela Espejo, guardiana de la memoria de su hermano Eugenio, el médico ilustrado que soñó con la libertad. Años después, en Cádiz, su esposo, José Mejía Lequerica, hijo de esa misma Quito, alza la voz ante las Cortes españolas y desafía siglos de silencio colonial. Dos destinos separados por el mar y unidos por la misma luz: la de la Ilustración que cruza fronteras y transforma sociedades.Entre discursos históricos, cartas perdidas y un amor prohibido con Gertrudis Salanover en la orilla gaditana, la novela reconstruye, capítulo a capítulo, la vida de dos personajes que ayudaron a encender la llama de la independencia.La novela se apoya en el Diario de las Cortes de Cádiz, testamentos, cartas, documentos judiciales, biografías existentes y en el primer periódico fundado por Eugenio Espejo, Primicias de la Cultura de Quito.La tensión entre el dato verificado y la imaginación necesaria es, para mí, el verdadero atractivo de escribir sobre el pasado. Sabemos, por ejemplo, que Mejía nombró a Gertrudis Salanover heredera universal en su poder testamentario, sin haberse divorciado de Manuela Espejo. Ese es el dato. Lo que sintieron el uno por el otro, lo que se dijeron en Cádiz, es terreno de la novela, no de la historia documentada.La luz de dos mundos es también la reivindicación de dos figuras quiteñas que merecen mucha más atención de la que reciben en los textos: José Mejía y Manuela Espejo, quien, después de la muerte de su hermano Eugenio, dedicó buena parte de su vida a defender su memoria ante la Real Audiencia (incluyendo una demanda al presidente saliente de la Real Audiencia por los maltratos infligidos a su hermano). Manuela también reclamó ante el alcalde de Quito la recuperación de los papeles y colecciones del botánico español Atanasio Guzmán, quien trabajó de cerca con Mejía y Manuela (e incluso se hospedó en su casa; luego murió intentando encontrar el tesoro de Atahualpa en los Llanganates). La historia colonial, como recuerda una cita en la novela, “no retrató a las mujeres que no eran nobles o santas”. Esta novela es, en parte, un intento de retratar a una que fue también una de las precursoras de la independencia, aunque se ha perdido en gran medida en los libros de historia. (O)
Luis Fierro Carrión: La luz de dos mundos: Novela sobre Manuela Espejo y José Mejía | Columnistas | Opinión
Dos destinos separados por el mar y unidos por la misma luz: la de la Ilustración que cruza fronteras y transforma...






