La directora Claudia Costafreda posa para ICON con chaquera Doblas y top, falda y botas Hermès.Pablo ZamoraUna directora no suele ponerse delante de la cámara. Pero cuando no le queda otra, Claudia Costafreda (Madrid, 33 años) tiene un truco: “Pon cara seria y sonríe por dentro. Ese es mi mantra”. Este consejo se lo dio hace años Ana Rujas, actriz con la que escribió la serie Cardo, pero cuando lo pronuncia ahora suena casi a lección vital aprendida con el tiempo. Costafreda lleva siete años inmersa en una vorágine de rodajes que, pese a bajarla a los infiernos personales más profundos, le han abierto un hueco sin precedentes en nuestra industria. A saber: el de una directora de series de autor que no renuncia a la libertad artística para conquistar al gran público de las plataformas. Yo siempre a veces, para la que dirige tres capítulos, es la última serie que añade a un currículum mareante marcado por SUMA Content, la productora de Los Javis. En este caso, fue ella la que le presentó la idea original de sus amigas Marta Bassols y Marta Loza a la pareja de creativos y consiguió que saliera adelante. Además, descubrió a la debutante Ana Boga para interpretar a esa madre soltera, contradictoria y fiestera que ilumina toda la historia. Fue en un casting abierto a cientos de madres reales, pero a Costafreda le bastaron dos segundos.“Era un self tape de presentación, ni siquiera actuaba. Cuando nos llegó, dije: ‘Es ella”, explica al otro lado de la pantalla. “Ana es una tía ultraguapa, muy magnética, pero a la vez tiene un cuerpo que no se suele representar. Ya ves tú, en el mundo hay todo tipo de caras y cuerpos. Es importante avanzar para crear nuevos referentes”. Hoy es ella la que descubre nuevos talentos, pero hace bien poco estaba en el otro lado de la ecuación. En la vertiginosa era del streaming, donde las carreras se construyen tan rápido como se olvidan, se necesita una convicción de hierro para mantenerse a flote. La suya, en concreto, nació con los cuentos que su padre le contaba al teléfono y desde entonces la ha sostenido frente a despidos, adicciones y demás fantasmas de la industria.“Cuando era pequeña mi padre estaba muy ausente. Trabajaba mucho, pero me llamaba por las noches y, antes de irme a dormir, me contaba un cuento. Siempre me acuerdo de esos cuentos y les guardo mucho cariño porque era una manera de estar conectados”, recuerda. Ese padre no era cualquier padre y sus historias no se escuchaban solo por teléfono. Ramón Costafreda es conocido, sobre todo, por su carrera en la realización publicitaria, aunque también ha dirigido pequeñas películas como Abrígate u Os fillos do sol. “Yo admiraba profundamente todo lo que hacía. Para mí, sus anuncios siempre han sido minihistorias. Era un momento donde la publicidad era más creativa, más arriesgada”.Esa pasión, muy a su pesar, no tardó en contagiarse. “Al principio, te quieres separar de lo que haces tus padres, reniegas y dices: ‘Soy una persona complemente distinta’. De hecho, yo empecé Bellas Artes, aunque era un cuadro en artes plásticas. Al año dije: ‘Yo quiero hacer cine”. Lo estudió en Barcelona y terminó trabajando de realizadora en la revista digital PlayGround, que había surgido en plena eclosión de los fenómenos virales. Pero, de nuevo, se encontró con el mismo problema: “Lo hacía mal, no encajaba, no tenía buenas ideas”. Seguía queriendo hacer cine y, paradójicamente, en 2019 se acercó un paso más a su objetivo cuando la burbuja del algoritmo explotó y muchos medios digitales se vieron obligados a reducir su plantilla.Con el ERE aún fresco y sin ningún plan de futuro, se marchó un mes a recorrer la Ruta 66 con una amiga y poco después, de la nada, recibió una llamada de Javier Calvo, mitad de Los Javis junto a Javier Ambrossi. Buscaban guionistas para Veneno y habían visto el corto Benidorm 2017, que encajaba a la perfección con su manera de mirar a los desahuciados del mundo del espectáculo. En un mes ya se había mudado a Madrid. No iba a hacer cine, como siempre había soñado, pero sí algo que se le parecía mucho: “Había empezado el boom de hacer series de calidad con una intención cinematográfica. Las series te permiten conseguir recursos mucho más rápido porque surgen de empresas privadas y, en nuestro caso, la libertad artística venía por Los Javis que daban esa confianza a las plataformas”.“Nadie te contrata porque bebas o te drogues. A mí ahora las fiestas me dan una pereza que flipas, la gente te come la oreja”Con ellos empezó una relación casi más familiar que laboral que sigue intacta. “Yo no tengo ningún contrato de confidencialidad, pero solo trabajo con ellos”, advierte. En seguida, la sacaron de la sala de guion, la emparejaron con Ana Rujas y le dieron la oportunidad de darse a conocer escribiendo y dirigiendo Cardo. La historia de aquella modelo impulsiva y perdida en un mar de drogas y relaciones tóxicas se convirtió al instante en un fenómeno y la prensa no tardó en catalogarla como “generacional”, una etiqueta de la que siempre ha huido. “Pasa lo mismo con lo de ‘historias de mujeres’ o ‘contadas por mujeres’. Hay que dejar de catalogar porque así solo se perpetúa ese sesgo”, advierte.“Creo que hay cosas que ya pertenecen a otra época. Yo [como directora] siempre he tenido el lugar que me tocaba. Hay gente que puntualmente en el equipo no te mira a ti de entrada pensando que eres la directora porque eres muy joven. Pero cada vez está más igualado todo. Los rodajes, por lo menos los míos, han dejado de ser sitios muy autoritarios o jerarquizados, llenos de órdenes. Nuestro trabajo ya es muy sacrificado como para que no sea justo, respetuoso o tranquilo. Yo siempre digo: ‘Ojo, no nos va la vida. No estamos operando a nadie”, reflexiona con serenidad. Parece que este fuese su estado natural, pero llegar a esta conclusión le ha costado la vida. O, por lo menos, la vida tal y como la concebía antes.El éxito de la primera temporada de Cardo les llevó a una renovación rápida. Tal vez, con la voracidad que demandaban las plataformas, demasiado rápida. “Nos insistieron mucho. Yo era muy reticente, no podía más. Rodar una serie tan ambiciosa, en poco tiempo, otra vez, provoca muchos sacrificios de salud. Escribimos seis guiones en tres meses y la rodamos muy rápido. No reposar la creatividad hizo que hubiera mucha tensión con Ana. Ahora somos muy amigas, pero fue complicado. Personalmente me llevó a los infiernos, estaba en un mal momento y se convirtió en un bomba de relojería. Siento que estaba a punto de morir todo el rato, iba cansada, tenía muchísima ansiedad. Al final hubo un momento donde dije: ‘No vale la pena”.Fue entonces cuando descubrió que esas ganas de tomarse una cerveza bien fría después del rodaje iban mucho más allá. Más que ganas, eran necesidad, dependencia. “Tenemos la visión del adicto como alguien que bebe cada día a las seis de la mañana y no es real. Puedes beber solo los fines de semana y ser adicto. Se trata más de cómo bebes y para qué lo utilizas”, explica. La revelación le llegó cuando enlazaba Cardo con Vestidas de Azul, la continuación de Veneno, y no podía permitirse parar. “Tienes miedo a que pase el tiempo, se caigan los proyectos y tengas que vivir de los ahorros”, justifica. “Además en nuestra industria mucho tiene que ver con eventos y fiestas. Una parte del yo adicto te dice que tu vida será más aburrida, que no vas a hacer tantos contactos. Vivimos en una sociedad adicta. Tienes un día malo y bebes. Tienes uno bueno y celebras con alcohol. Además, la gente te mira raro si no lo haces. Yo lo entiendo porque era así, me daba bajón que alguien no bebiera”.Una especialista le recomendó que la única opción era internarse en un centro. “Pero eso costaba demasiado dinero”, añade. Además, para entonces, ella ya estaba inmersa en la preproducción de Superestar, el desbordante retrato coral del tamarismo creado por Nacho Vigalondo para el que Costafreda dirigió la mitad de los capítulos. “Al final conseguí los terapeutas y la manera de hacerlo ambulatorio y le pedí a mi equipo que respetara esos espacios terepéuticos. Pero fue duro porque en los rodajes siempre se va a tomar algo y yo no podía estar en esos sitios. El día en que empezó el rodaje yo ya llevaba una semana sin beber”, señala.“Ahora lo digo muy tranquila, pero ha sido brutal, muchos meses de terapia. Darse cuenta de que no eres tan especial, que hay mucha gente como tú y que no se trata solo de una sustancia, que es más profundo. Esos miedos y ansiedades por los que desarrollé la enfermedad se dejaron de retroalimentar y poco a poco van cayendo las creencias de que te vas a quedar fuera. Nadie te contrata porque bebas o te drogues. A mí ahora las fiestas me dan una pereza que flipas, la gente te come la oreja”. Es cierto que miles de personas viven un viaje similar, pero el caso de Costafreda sí que es, un poco, especial. Pocas, o muy pocas personas, tienen la oportunidad de asociarlo de por vida a un proyecto tan particular, y endiabladamente arriesgado en lo creativo, como es Superestar.“Nacho y yo siempre decimos que con esa serie tocamos techo en el nivel de diversión, nunca vamos a hacer algo en lo que nos lo pasemos tan bien”, afirma. “Ya llevo dos años sin beber, no sé lo que es la resaca y la verdad es que ahora cuido más mi trabajo y tengo mejores ideas. Además, te vuelves a conocer, conectas mucho con la niña que eras antes de empezar a beber de adolescente, recuperas rasgos que perdiste”. En su caso, los de esa niña que esperaba los cuentos de su padre. Y eso va a seguir haciendo: contar. Pero, ¿siente que necesita dar el paso al cine, aquello con lo que siempre soñó? “Para mí es clasista pensar que el cine está por encima de las series. Mi creatividad se puede volcar de la misma manera en un lado que en otro. Pero hay algo especial en los espacios y el ritmo del cine. Sobre todo en el tiempo dedicado”, responde. Esa es la clave: el tiempo. Después de acabar Yo siempre a veces se ha dado un respiro para poder dedicarse a escribir el que será su primer largometraje. Un viaje que no estará exento de nuevos baches. “Ahora estoy perfecta, pero nunca hay que bajar la guardia”, advierte. Pero ante la adversidad, ya se sabe: como diría Ana Rujas, cara seria y sonrisa por dentro.