Opinión

Editorial

EDITORIALEl asedio contra parques naturales persiste, pero las medidas de protección siguen siendo endebles, esporádicas y reactivas.

Esta semana ocurrió un incidente sintomático: taladores ilegales de madera aserraban árboles centenarios, de maderas preciosas, en el biotopo protegido El Zotz-San Miguel La Palotada, en la Biósfera Maya de Petén. Huyeron al ser sorprendidos por guardabosques y algunos integrantes de fundaciones ecológicas. Se presentaron fuerzas policiales de la División de Protección a la Naturaleza (Diprona), para rastrearlos. Sin embargo, fueron retenidos por supuestos pobladores, con amenazas de linchamiento.

Por desgracia, no se trata de un hecho aislado. Detrás de tales incursiones, para corte de árboles y cacería de especies, existen ambiciones malsanas y redes delictivas relacionadas con otros trasiegos. Acicatean a los aldeanos para convertirlos en fuerza de choque y a la vez en carne de cañón. Lo peor de todo es que, con toda esta anomia, prosigue la pérdida acelerada de bosques, se intimida a quienes los protegen y se prolonga la impunidad ambiental. En los últimos 25 años, Guatemala ha perdido una cuarta parte de su cobertura forestal, por tala, incendios, urbanización y hasta cambio de uso de suelos.