Cuando pase este paréntesis veraniego, no solo los españoles nos internaremos en una nueva temporada de turbulencias electorales. Salvo que Pedro Sánchez decida sorprendernos con un adelanto en otoño, será su némesis, Donald Trump, quien se someta al veredicto de las urnas, aunque no en primera persona, sino a través de sus candidatos republicanos al Senado —un tercio de los escaños en juego— y a la Cámara de Representantes –al completo–.Pocos presidentes han acumulado tanto poder en tan poco tiempo. El Partido Republicano le rinde pleitesía. Controla el Despacho Oval, las dos cámaras del Congreso y una mayoría sólida en la Corte Suprema. Y, sin embargo, pocas veces un presidente ha llegado a unas elecciones de mitad de mandato con tantos flancos expuestos. La historia no le acompaña. Es tradición que el partido del presidente pierde escaños en las midterms con una regularidad que roza lo inevitable. Trump aspira a romper esa inercia. Pero la tradición en la política estadounidense es una fuerza real que acostumbra a repetirse.Su problema más delicado es la guerra de Irán. Durante una década, Trump construyó su liderazgo sobre una promesa innegociable: no más aventuras militares, America First. Esa promesa le valió millones de votos. Hoy, figuras de peso en el universo conservador cuestionan abiertamente la guerra, porque supone una contradicción difícil de disimular. Algo muy trumpista, por cierto. La fisura no tiene por qué romper el partido, pero introduce un riesgo nuevo y concreto: que parte de sus hooligans no acuda a votar. Si en noviembre Irán se percibe como un episodio breve y resuelto, el daño será limitado. Si se ha convertido en un conflicto largo, costoso y sin salida clara, Trump llegará a las elecciones cargando con un escollo que él mismo fabricó.Trump es, y siempre ha sido, una figura de movilización, pero en ambas direcciones. Su partido es hoy más trumpista que republicano. La lealtad al líder está por encima de cualquier programa. Esa cohesión puede ser una fortaleza cuando el jefe está en auge, pero convierte cualquier desgaste personal en colectivo. Y en el lado opuesto, Trump conserva una capacidad extraordinaria para despertar al votante demócrata: pocos activos electorales le resultan tan útiles a la oposición como su propia presencia.Las elecciones de noviembre medirán la popularidad del presidente, pero serán también la primera prueba real de si el Partido Republicano ha dejado de ser un partido, porque se haya convertido en la correa de transmisión de un solo hombre que, por otro lado, después de noviembre adquirirá la condición de pato cojo: aquel presidente que no puede repetir en el cargo y, por tanto, empieza a perder poder.
El examen de Trump
El presidente de EEUU es, y siempre ha sido, una figura de movilización, pero en ambas direcciones. Su partido es hoy más trumpista que republicano.






