Cuando un niño (o una niña) víctima de trata, de una desaparición o de una adopción ilegal es localizado, solemos pensar que la historia ha terminado bien. Ha sido encontrado y está a salvo. Pero ese rescate no siempre resuelve la pregunta más básica: ¿quién es ese niño?
Puede no llevar documentación, tener una identidad falsa o haber sido separado de su familia cuando era demasiado pequeño para recordar su nombre, su lugar de origen o el rostro de sus padres. También puede ocurrir que los documentos que lo acompañan hayan sido manipulados para ocultar su procedencia. En esas circunstancias, ponerlo a salvo es imprescindible, pero no suficiente. Un niño no recupera plenamente sus derechos hasta que no recupera también su identidad.








