Hubo un tiempo en el que un verano en el Real Madrid significaba presentaciones de las nuevas estrellas. Los Kaká, Cristiano Ronaldo, Benzema o, incluso, Mbappé, tenían una puesta larga en el Santiago Bernabéu, rodeados de su nueva afición. El punto de partida con la ilusión de una temporada a comenzar. Borrón y cuenta nueva, daba igual el pasado —si se había perdido, había que ganar; si se había ganado, había que ganar más— y los fanáticos podían disfrutar de una interacción con sus ídolos a puerta abierta. Al inicio de la semana, el club blanco dio un volantazo en su habitual comunicación: las presentaciones serían actos íntimos, sin prensa y sin aficionados. Solo las cámaras de Real Madrid Televisión cubrirían —y no en directo— la firma y cariño entre Florentino Pérez y las nuevas incorporaciones, además de unas declaraciones. Parte de la afición blanca, el ala dura, aceptó este cambio. Cualquier castigo a la prensa era acertado. Otros madridistas denuncian que la ausencia de presentaciones al público, más allá de los medios de comunicación, es un correctivo a los hinchas, privados de estos momentos. Coincidió la presentación de José Mourinho a puerta cerrada con la primera entrevista del portugués a la prensa, en este caso al Chiringuito, que estrena nueva etapa en Mediaset. Una entrevista grabada en Valdebebas, con Josep Pedrerol como maestro de ceremonias, cortada y emitida de madrugada. La expectación del madridismo era máxima. Mou, que durante la pretemporada se había dejado ver con una barba incipiente blanca, se presentó a la simbólica firma afeitado y en impecable traje. Comenzaba su segunda etapa. Pocos entrenadores han manejado con tanta soltura su imagen pública como José Mourinho. No viene de una racha ganadora —han pasado más de cuatro años desde su Conference League con la Roma, el último título en su palmarés— y, probablemente, él necesitaba más al Real Madrid que viceversa. Dio igual. Magnético y carismático, el luso se metió a la afición en el bolsillo. ¿Uno di noi?, "soy uno de los vuestros"; ¿Negreira? "Algo olía", ¿Rodri? "Sus dudas me han creado dudas a mí", ¿y Vinícius? "Solo conoces al Real Madrid cuando te vas". TE PUEDE INTERESAR El Madrid se ha reencontrado con su mejor portavoz, una bestia comunicativa —algo más asentada y madura, todo sea dicho— y decidió meterlo en la nevera. Nadie encajó como él en esa ala dura del madridismo y nació el mourinhismo, que nunca se apagó en estos doce años de ausencia. Como motos. De paso dijo que la plantilla estaba cerrada y que estaba contento con lo que tenía. Se reforzó el centro del campo con la incorporación de Bernardo Silva, que a priori venía como veterano y complemento de lujo. Así como con el fichaje de Konaté, otro agente libre para apuntalar una defensa entre algodones. Marc Cucurella, Diomande y Carlos Espí y Dumfries, las otras firmas. El lateral izquierdo español ha sido el más celebrado por la afición. Conseguir convencer a sus futbolistas de la necesidad del esfuerzo colectivo será el primer paso de su éxito. El reto, sin la pieza en el centro del campo que hubiera supuesto Rodri o cualquier perfil similar de alto nivel, se antoja complicado. Mou fue elegante con sus predecesores, ambos expupilos: "Xabi y Arbeloa pagaron los platos rotos. Ganar o perder es multifactorial". TE PUEDE INTERESAR "Mucha gente falló el año pasado, no solo entrenadores o jugadores". La mayor frase de —necesaria— autocrítica tras los problemas deportivos e institucionales de las dos pasadas temporadas llegó en el plato improvisado del Chiringuito y por boca de Mourinho. Amado por unos y odiado por otros, pero, indiscutiblemente, un líder. Y los líderes asumen los problemas. Se puede sacar punta a algunas de sus declaraciones. ¿Por qué no dudó de las dudas de Vinícius, que escuchó al Arsenal mientras debatía su renovación? Es cierto, pero tampoco hay que olvidar las obligaciones que conlleva vestir una camiseta. Que se lo digan a Rodri, quien, después de haber llegado a un acuerdo con Enrique Riquelme y de haberse ofrecido a la directiva de Florentino Pérez, ahora le toca decir que el Barça siempre fue su primera opción. Lógico. Los futbolistas son trabajadores y miran por sus carreras, aunque a veces se le olvide al aficionado. Poco se confiaba en el regreso de Carlo Ancelotti, que vino por carambola, y dio dos Champions League a las vitrinas del Santiago Bernabéu. Es el turno de la segunda etapa del luso. No hay búnker capaz de sostener a Hulk. Será la pelotita, como siempre, la que marque el destino del portugués. Pero, ante la prensa y la afición, Mou es "el puto amo, el puto jefe", como dijo Guardiola. Exhibir los grandes fichajes suele salir bien y, con permiso de Diomande y su sobrenombre de fichaje más caro de la historia del club, el protagonista de la temporada blanca es José Mourinho. No dejará indiferente a nadie. Hubo un tiempo en el que un verano en el Real Madrid significaba presentaciones de las nuevas estrellas. Los Kaká, Cristiano Ronaldo, Benzema o, incluso, Mbappé, tenían una puesta larga en el Santiago Bernabéu, rodeados de su nueva afición. El punto de partida con la ilusión de una temporada a comenzar. Borrón y cuenta nueva, daba igual el pasado —si se había perdido, había que ganar; si se había ganado, había que ganar más— y los fanáticos podían disfrutar de una interacción con sus ídolos a puerta abierta. Al inicio de la semana, el club blanco dio un volantazo en su habitual comunicación: las presentaciones serían actos íntimos, sin prensa y sin aficionados. Solo las cámaras de Real Madrid Televisión cubrirían —y no en directo— la firma y cariño entre Florentino Pérez y las nuevas incorporaciones, además de unas declaraciones.
La bunkerización del Real Madrid choca con el embrujo de Mourinho, un portavoz que cala en la afición
El cambio de estrategia de comunicación del club con las presentaciones a puerta cerrada priva al aficionado blanco de su conexión con Mou, al que una entrevista le sobró para meterse al madridista en el bolsillo










