0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialPertenezco a esa generación en la que algunos salimos del cine asustados tras ver El síndrome de China (1979), aquella película en la que tres grandes actores —Jack Lemmon, Jane Fonda y Michael Douglas— nos explicaban las graves consecuencias que podía tener un accidente en una central nuclear. Aún recuerdo el miedo que provocaba imaginar un desastre de semejante magnitud. Ese temor que algunos interiorizamos se confirmó años después con el catastrófico accidente de Chernóbil (abril de 1986), cuyas consecuencias siguen sufriendo hoy miles de personas. Eran tiempos en los que el lema “Nucleares no” formaba parte de nuestra manera de entender el futuro, con pegatinas sobre la carpeta de la universidad incluidas. Les diré más: como soy de Alzira, no pocas veces durante mi adolescencia pensamos que la cercanía de la nuclear de Cofrentes suponía una grave amenaza para nuestras vidas.Central nuclear de CofrentesCC BY-SA 3.0 / Europa PressEsta semana el Gobierno ha decidido, por sorpresa, prorrogar la vida de la central nuclear de Almaraz hasta 2030, cuando estaba previsto que sus dos reactores dejaran de funcionar entre 2027 y 2028. La justificación ha sido la inestabilidad de los precios de los combustibles provocada por la crisis en Oriente Próximo. Junto a Almaraz hay otras centrales con fecha prevista de cierre en los próximos años, como Cofrentes, en Valencia, que debería cerrar en 2030, o las catalanas Ascó I, Ascó II y Vandellós II, que deberían parar máquinas entre 2030 y 2031. La decisión sobre Almaraz ha reabierto un debate latente: mientras los grupos ecologistas y algunos partidos aliados con el PSOE cuestionan la prórroga, las patronales de Catalunya y la Comunidad Valenciana, así como la Generalitat Valenciana, reclaman mantener la actividad de estas centrales.El debate se produce, además, en un momento especialmente complejo. La Unión Europea vuelve a considerar la energía nuclear una pieza relevante para garantizar la independencia energética frente a potencias extranjeras, mientras países como Francia o Italia aceleran sus planes de construcción de nuevos reactores. Al mismo tiempo, el despliegue de las energías renovables no avanza al ritmo necesario para sustituir toda la capacidad nuclear prevista para los próximos años. Recuerdo cuando Ximo Puig defendía que en 2030 la “energía verde” producida en la Comunidad Valenciana podría suplir el papel de Cofrentes, que genera alrededor del 40% de la electricidad que consumimos los valencianos. Transcurrido ese tiempo, el ritmo de instalación de plantas solares y eólicas sigue siendo insuficiente. Y a ello se suma la creciente oposición de grupos ecologistas por el impacto paisajístico y de ayuntamientos que no quieren ver sus términos municipales ocupados por placas solares o aerogeneradores.Quien esto escribe no es científico y no se atreve a ofrecer una conclusión sobre la conveniencia de mantener o cerrar las centrales nucleares. Pero sí parece razonable exigir a las administraciones públicas que se aclaren. Si realmente el objetivo es cerrarlas, debería explicarse con claridad cuál es el plan para sustituir su capacidad de producción cuando llegue la fecha de cierre. Porque una política energética no puede basarse en consignas, sino en planificación. Y si realmente se considera necesario mantener una o varias centrales por razones estratégicas y de seguridad energética, también deberían ofrecerse los argumentos para que el ciudadano comprenda la decisión. Lo que no parece lógico es comparecer un día como el azote de las nucleares, asegurar que las renovables son el futuro y, al día siguiente, decidir mantener la actividad nuclear porque las circunstancias han cambiado. Las circunstancias, en efecto, pueden cambiar. Lo que no debería cambiar es la coherencia de una política energética.Y hay una última cuestión que resulta inevitable recordar. Conocemos, si se buscan, las razones por las que se produjo el apagón de abril de 2025, aunque en el terreno político el suceso sigue presentándose como inexplicado. Pero ahora toca preguntarse con qué tranquilidad podemos afrontar el cierre de una fuente de energía que hoy sigue siendo esencial para garantizar el suministro eléctrico. Quizá el debate no debería ser tanto nucleares sí o nucleares no, sino algo bastante más adecuado: explicar con claridad qué se quiere hacer y en qué plazos. Todo sería más sencillo y tranquilizador. Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991