Al igual que hay una generación de "niños covid" -aquellos que nacieron en la pandemia-, también existe una generación de "perros covid", mascotas que fueron paseadas más que nunca o que tuvieron apego ansioso cuando sus dueños volvieron al trabajo presencial. Pepito es uno de esos perros que nació en febrero de 2020 y cuando llegó a la vida de la ilustradora Raquel Riba Rossy, más conocida como Lola Vendetta, en junio de ese año, su personalidad respondía a una tranquilidad y una adaptación al medio única que podría ser en respuesta a haber nacido en el año del confinamiento.PublicidadLa primera vez que lo vio cuando fue a adoptarle, solo pensó: "Wow, este va a ser supervago". Podría parecer algo negativo, pero es justo lo que buscaba Riba Rossy: "Dibujo muchas horas al día, escribo muchas horas al día [...], no quiero un perro enérgico porque no lo voy a poder hacer feliz". Así, la ilustradora eligió a Pepito. La pausa, la lentitud, la contemplación. Otra forma de mirar la vida que muchas veces no cabe en el mundo acelerado, pero que a través de los ojos de Pepito se puede encontrar. "Me ha llevado a redescubrir partes de mí que eran importantes y que quizás durante unos años trabajando mucho se me olvidaron", se sincera la ilustradora, "a mí me baja revoluciones, me lleva a un lugar de mi infancia casi, ¿no? De esos ratos del patio del colegio. Entonces, me devuelve a eso, a esa parte de mí que con el trabajo y la adultez se me olvida"."Nunca estoy sola. Es que es muy fuerte la relación que tienes con un perro, porque esa cosa es una especie de... ¿Sabes los dibujitos animados que tienen como un personaje imaginario o una conciencia como un Pepito Grillo? Una cosa así", explica Riba Rossy, quien no puede dejar de comparar a su perro con personajes de dibujos: "A Pepito le gusta pasear lento. Siempre digo que se parece a Ferdinando el Toro, esa animación de Disney superantigua, que le gusta oler las flores, caminar lento, saludar a la gente y espachurrar el suelo".PublicidadNo es difícil imaginar todas las referencias que se le pasan a la autora por la cabeza. Al final, cuando Raquel Riba Rossy se convierte en Lola Vendetta mira con atención todo lo que le rodea: "Me gusta colar a Pepito porque es una especie de tributo también. Es un personajillo, bueno, quien tenga perro lo sabe". La ilustradora pasa mucho tiempo en casa en compañía de "este bichito" y es irremediable que se cuele en su faceta artística: "Esa sinergia es imposible que no te atraviese. Si encima eres artista y necesitas expresar lo que vas viendo por el mundo, esa presencia ocupa un lugar enorme".Pepito, además de un perro calmado, es un poco tiquismiquis con la comida y sociable. Eso sí, a su manera. Cuenta su dueña que le encanta estar rodeado de gente, aunque sin interactuar: "No necesariamente es el nervio de la fiesta, el alma de la fiesta, pero él está feliz. Cuanta más gente haya en la habitación, pues mejor. Y si encima puede estar durmiendo al margen de lo que sucede, pero acompañado de personas, es que es el tío más feliz de la tierra". PublicidadTal vez por eso, lo que más le gusta de su rutina es ir al coworking desde el que trabaja su dueña y entrar por la puerta "como si fuera el presidente". Antes de llegar ya está celebrándolo: "Saluda persona por persona dos manzanas antes y empieza a sonreír porque sabe que va a llegar al coworking, se duerme en un puff enorme que tienen y se puede estar como siete horas durmiendo sin moverse". Un poco vago sí que es Pepito.La vida antes de Pepito: Grisel y CarmenAntes de que llegara Pepito a la vida de la ilustradora, hubo otros perros. Cuenta Raquel Riba Rossy que ha sido amante de los animales desde pequeña. Iba a las casas de sus amigas que tenían mascotas y volvía llorando. Hasta que por fin a los 16 años consiguió compincharse con su madre y adoptar de una protectora a Grisel, su primera perra, quien vivió con su familia hasta que murió mayor.Más tarde, Riba Rossy se cruzaría con una nueva forma de ayudar a animales: la acogida. Su primera experiencia fue con Carmen, una perra que venía con sus cinco cachorros, y hace dos veranos apareció Atila, quien "ahora vive en un pueblito al lado de mis papás y tiene una familia encantadora". También ha rescatado a diferentes perros, como una perra que se quedó su tía: "Los iban a matar a todos y me pude hacer cargo de una".