Cada semana faltan a su puesto de trabajo alrededor de 974.000 asalariados por una incapacidad temporal. En el primer trimestre de 2019 eran 468.000. La tasa de absentismo ha pasado del 2,86% al 5,11% en siete a�os y casi se ha duplicado. Estos datos se han convertido en una aut�ntica arma arrojadiza. Feij�o us� el desafortunado t�rmino �c�ncer� y habl� de fraude para referirse a esta problem�tica. El Gobierno respondi� con la motosierra que viene a recortar derechos. Un debate que no ayuda en nada a entender qu� entendemos por absentismo y por qu� ha crecido tanto.Analicemos m�s detenidamente los dos relatos que han ganado m�s popularidad en la conversaci�n p�blica y que son en buena medida excluyentes. El primero dice que hay un fraude masivo. El segundo, que se trata de pura demograf�a, una plantilla m�s vieja y una sanidad saturada. Vale la pena tomarlos en serio uno a uno, porque los datos los tratan de forma muy desigual.El del fraude es el m�s ruidoso, y no est� hu�rfano de indicios. La propia AIReF se�ala que la incidencia de las bajas se dispar� cerca de un 60% entre 2017 y 2024, que una cuarta parte de los afectados concentra m�s de la mitad de los casos. y que ha ca�do en picado el n�mero de procesos que cruzan los dos a�os, justo el umbral en el que la Seguridad Social empieza a vigilar. A ello se suma que en torno a una de cada cuatro bajas arranca en lunes.Son se�ales de un uso amplio del sistema y de un control d�bil. Pero es un poco apresurado dar por hecho que todo es fraude. Ning�n organismo oficial ha cuantificado qu� parte es enga�o. El fen�meno, adem�s, no es exclusivo de Espa�a. Es cierto que nuestro pa�s encabeza la ratio de ausencias por enfermedad en Europa, con un 4,5% de los ocupados, pero justo por detr�s aparecen Eslovenia, B�lgica, Francia y Portugal. Cuesta atribuir a la picaresca individual algo que sube a la vez en media Europa.Y una parte de ese cambio de conducta es hasta saludable. Antes de la pandemia mucha gente acud�a a trabajar con fiebre y contagiando y ahora se queda en casa, lo que explica buena parte del repunte de gripes y procesos infecciosos. El comportamiento ha cambiado por motivos muy distintos a la vez, algunos razonables y otros menos, y ninguno cabe en la palabra fraude. Lo que comparten todos es que responden a c�mo est� montado el sistema.Queda la demograf�a, la hip�tesis m�s respetable y la que m�s matiz exige. La poblaci�n envejece, y los ocupados tambi�n: los mayores de 55 a�os han pasado de representar el 16% al 20% de los asalariados. Es un grupo que se ausenta m�s y con procesos m�s largos.Pero si separamos cu�nto de la subida de la tasa viene de tener una plantilla distinta (m�s envejecida) y cu�nto de que cada trabajador se comporta distinto (se ausenta m�s del trabajo), el reparto es rotundo. Entre el 85% y el 92% del alza es comportamiento, esto es, m�s bajas dentro de cada grupo de edad y de contrato. La recomposici�n de la plantilla aporta apenas entre un 5% y un 9%, y el resultado se mantiene independientemente de c�mo hagamos el c�lculo: por edad, por contrato, por sexo o por sector. Con la estructura de los ocupados de 2019, ya se mida por edad o por tipo de contrato, la tasa de hoy apenas caer�a del 5,11% a algo m�s del 4,8%.Descartado el fraude como relato central y medida la demograf�a, hay un tercer factor que merece la pena destacar. Se cogen m�s bajas porque compensa cogerlas. Y que la composici�n del mercado laboral pese poco no exculpa a la reforma laboral, porque s� ha dejado huella en el absentismo. La AIReF lo ha medido con un dise�o causal, comparando a quienes pasaron de tener un contrato temporal a uno indefinido con quienes ya lo eran y aprovechando la reforma de diciembre de 2021 como experimento natural.El resultado es que hacerse indefinido eleva alrededor de un 30% la probabilidad de iniciar una baja y un 62% los d�as en situaci�n de incapacidad temporal. La salud es la misma. Lo que cambia es el margen para ejercer un derecho al que antes se renunciaba por miedo a no renovar.Ese margen se apoya en un fallo de dise�o. Quien firma la baja, el m�dico, no la paga. Quien la paga, la empresa y la Seguridad Social, no la firma. Y el trabajador, cuando su convenio le completa la prestaci�n hasta el 100% del salario, como ocurre en tres de cada cuatro casos, no pierde nada por estar de baja en lugar de trabajar. Tres decisiones repartidas entre tres actores, y ninguno soporta lo que cuesta. La teor�a econ�mica lleva un siglo explicando qu� ocurre entonces, y no hace falta invocar el fraude para predecirlo.El coste ronda ya los 33.000 millones al a�o, de los que las empresas cargan con unos 15.000, y muchas sostienen un exceso de plantilla para cubrir a los ausentes. Los costes laborales unitarios han subido un 31% desde antes de la pandemia, y el Banco de Espa�a avisa de que esa deriva erosiona la competitividad que tanto ha costado recuperar.Adem�s, algo de lo que se ha hablado poco son de las bajas de m�s de un a�o de duraci�n. Representan el 2,4% de los procesos, pero suman el 34% de los d�as perdidos, y se eternizan por una raz�n concreta, que el diagn�stico no llega. La categor�a que m�s ha crecido desde 2016 es un caj�n de sastre, la de los s�ntomas sin clasificar, un 227% m�s. Son pacientes que esperan una resonancia que el sistema p�blico no da a tiempo. El propio Estado, a trav�s del sistema sanitario, alarga la baja.De modo que la pregunta �til no est� en si el espa�ol es un enfermo o un vago. Est� en por qu� hemos construido un sistema en el que ninguno de los que deciden una baja tiene motivo para moderarla, mientras el gestor p�blico engorda la parte m�s cara. Es una cuesti�n clara de falta de alineaci�n de incentivos.Hay que repensar el modelo de bajas. Existe una clara deficiencia estructural de gobernanza, un problema de principal y agente. El m�dico de atenci�n primaria que concede y prolonga la baja pertenece a uno de los 17 servicios auton�micos de salud, mientras que quien la financia es el INSS, con escasa capacidad para coordinarlos. Es decir, tenemos que corregir ese desajuste: compartir informaci�n entre sanidad y Seguridad Social, reforzar el seguimiento de los procesos y repartir la corresponsabilidad entre todos los que intervienen.Sobre ese armaz�n, las medidas concretas se ordenan solas. Que las mutuas puedan dar altas en la enfermedad com�n, y no solo cursar bajas, acercar�a la decisi�n a quien soporta su coste. Acortar las listas de espera que convierten una lumbalgia en seis meses de caj�n de sastre atacar�a el gasto justo donde se genera y donde falla el Estado. Y como una cuarta parte de los trabajadores concentra m�s de la mitad de las bajas, vigilar esa reiteraci�n rinde bastante m�s que fiscalizar la baja de tres d�as del mont�n. Es menos vistoso que la refriega pol�tica.Recortarle la prestaci�n al que enferma golpea el eslab�n m�s d�bil y deja intactos los otros dos, el control de los procesos y el embudo sanitario.Al final, el debate dice m�s de quienes lo agitan que del propio problema. Unos ven un fraude que castigar, otros una trinchera de derechos que defender, y mientras tanto el sistema sigue premiando la baja que nadie modera. Corregirlo pide lo contrario del ruido: compartir informaci�n, controlar donde de verdad importa y redise�ar qui�n decide, qui�n paga y qui�n controla. Una reforma de gesti�n sin �pica, de esas que no dan para un mitin. Llamarlo c�ncer no lo cura. Llamarlo motosierra tampoco. Los adjetivos sobran.Santiago Calvo es doctor en Econom�a y profesor en la Universidad de las Hesp�rides