Lo veíamos en la pantalla pequeña de las sobremesas y las noches familiares, e inmediatamente parecía que no había nada más importante en cada programa que su baraja y su violín invisible. El mundo entero se reducía a su mesita plegable y sus naipes. Iba de lunático de verbena, de colgado entrañable que estornudaba a gritos mientras una baraja se multiplicaba en el aire. Era un buhonero feucho en vaqueros, con mirada de pillo y maneras de feriante que aullaba a los críos como si los conociera de toda la vida: ¡Tatatachaaaaán! Hizo de la ilusión su feudo y allí se quedó a vivir junto al azar, el despiste y la risa contagiosa.
Lo mismo hacía desaparecer un pañuelo que la tristeza de un martes. Fue el regocijo continuo de ver a alguien siendo él mismo: un arlequín de la sorpresa, un excéntrico despeinado que parecía salido de un tebeo de Bruguera, un genio del chiste malo bien contado. Juan Tamariz fue un payaso sabio que supo cómo rendirse al ridículo para, al mismo tiempo, trascenderlo.
Ya de niños sospechábamos que ese histrión con el baile de San Vito que materializaba palomas de la nada tal vez fuese un genio. En eso sí que no nos engañó del todo. Quizá por ello acabó convirtiéndose en mito de aquella España en transición, ese país en desconcierto que empezaba a quitarse las legañas y encontró en él uno de sus más gratos alivios televisivos: la certeza de que alguien podía inventar una sorpresa nueva cada noche. Sorpresas mejores que las del Telediario, se entiende.









