Los últimos coletazos de esperanza en Pereira estaban en un solo punto de la ciudad: el Hotel Dibeni. Los equipos profesionales concentraban esfuerzos en sus ruinas, donde rescatistas y autoridades aseguraron detectar varias “señales de vida”. Los voluntarios que retiraban escombros en cadena humana se animaban unos a otros, aferrándose a cada sonido, a cada posible contacto, a cada mínima posibilidad de encontrar supervivientes mientras el olor a descomposición empezaba a sentirse cada vez más fuerte en los restos del temblor que azotó el eje cafetero de Colombia. “Hay vida”, se decían quienes hablaban de posibles “milagros”.
No solo eran suposiciones de los voluntarios. La directora de los Bomberos de Pereira afirmó que una mujer atrapada bajo los escombros mientras abrazaba a su hija había respondido a los contactos, pero el día acabó y no hubo vida. De las tripas del edificio solo pudieron sacar ya cuerpos de quienes pasaban la noche en uno de los hoteles más grandes de la ciudad.










