La posibilidad de descansar junto al emperador dependía de que Hu Hai aceptara una petición de muerte formulada durante una sucesión dinástica convulsa. El príncipe Gao, hijo de Qin Shi Huang, aparece ligado a esa tradición porque habría pedido morir para recibir sepultura cerca de su padre.
Alrededor del mismo mausoleo circuló otra historia durante siglos, la de un palacio subterráneo recorrido por ríos y mares de mercurio. Ambas tradiciones nacieron de relatos antiguos y quedaron abiertas a una comprobación material que la arqueología y la ciencia han empezado a perseguir por caminos distintos.
Una sepultura intacta conserva un ajuar excepcional
Una excavación realizada en una de las nueve grandes tumbas identificadas al oeste del complejo funerario de Qin Shi Huang ha dado nueva fuerza a la primera de esas historias. La cámara se encuentra a unos 16 metros de profundidad, supera los 100 metros de longitud y conserva un enorme ataúd de madera sellado, aunque deteriorado. El recinto había escapado al saqueo y albergaba miles de piezas de bronce, armas, armaduras, jade, utensilios de cocina y dos camellos realizados en oro y plata.
Otra parte del relato de Sima Qian ha recibido apoyo por una vía completamente distinta gracias a mediciones realizadas sobre el túmulo imperial. Un estudio publicado en Scientific Reports, dirigido por el físico Sune Svanberg, de la Universidad de Lund y la Universidad Normal del Sur de China, detectó concentraciones localizadas de mercurio en el aire por encima de los niveles regionales. Los puntos con valores elevados coincidían con zonas donde dos investigaciones independientes anteriores ya habían encontrado cantidades altas del metal en el suelo.








