Oscar Gogorza se unió a 16.000 aficionados, conocidos en el mundillo como globeros, que emulan a los profesionales del Tour

Todo buen aficionado al ciclismo conserva un Tour de Francia en su memoria. El mío es el de 1988, el que ganó Pedro Delgado, el primero que pude ver desde una cuneta con 16 años recién cumplidos. Aquel verano que se adivinaba sencillo acabó siendo mágico: después de ver la etapa del día en televisión, me acercaba hasta Ciclos Récord a contemplar la Orbea de Marino Lejarreta, sus colores verde, amarillo y blanco, sus preciosos frenos delta de Campagnolo. Delgado montaba una Pinarello roja, una bici extranjera, inalcanzable. Pasé horas frente a aquel escaparate, soñando que un día podría correr el Tour. Nunca ocurrió, por supuesto. La pasión por la bici quedó sepultada bajo otras pasiones y ni siquiera la llegada marciana de Miguel Indurain logró borrar el recuerdo de las horas pasadas en una curva de la subida pirenaica de Luz-Ardiden. Laudelino Cubino ganó aquella etapa; Delgado se cabreó con un aficionado que vertió agua sobre su espalda, atacó, dejó sentados a Rooks y Theunisse, a Parra, a Breukink…, a todos; Marino pasó un tanto descolgado y un amigo de mi padre se puso a correr a su lado susurrándole al oído. Regresó con lágrimas en los ojos: “Me ha dado las gracias por animarle”. Adrie van der Poel, padre del genial Mathieu, me miró a los ojos desde sus ojos perdidos en sus cuencas y me instó: “¡Push, push!”. Fue como recibir una descarga eléctrica: con mi mano derecha cubrí su cintura y empujé hasta desfallecer. Qué delgadez la suya.