El Tour de Francia era el banderazo de salida del verano. El sol se colaba por la ventana, el fogonazo se reflejaba en el televisor y no quedaba otra que echarse al suelo de la salita para ver a Pedro Delgado sufrir y para recordar que una pedalada separa la gloria de la pájara. Luego Miguel Indurain ganaría cinco Tours — los mismos que Anquetil, Merckx e Hinault—, pero Perico nos recordaba cada tarde de julio que éramos humanos.PublicidadTadej Pogačar acaba de igualar la marca de Indurain a los 27 años, la edad a la que el pamplonica ganó su primer Tour. Desde el comienzo de esta decada, excepto los triunfos de Jonas Vingegaard en 2022 y 2023, el ciclista esloveno no conoce rival a su altura en la Grande Boucle. Indurain era generoso con los rivales, pero Pogačar no regala etapas, como tampoco lo hacía Lance Armstrong, desposeído de sus siete Tours por doparse. Todo ambición.Perico, en cambio, llegaba tarde a la etapa prólogo del Tour de 1989 en Luxemburgo y, con un retraso de 2 minutos y 40 segundos en la rampa de salida, se colocaba como farolillo rojo pese a registrar un buen tiempo. Desmoralizado, nervioso y sin pegar ojo en toda la noche, el campeón de la anterior edición de la ronda gala se desfondaba a continuación en la contrarreloj por equipos y echaba a perder la carrera.Remontó hasta quedar tercero en la general, detrás de Greg LeMond y Laurent Fignon, y siguió alimentando la pericomanía. "Uno se pregunta si este bravo segoviano de pantorrillas de acero, pájaras memorables, despistes de infarto de miocardio y un pundonor a prueba de franceses, es consciente de la que ha liado en su propio país", escribía aquel verano Javier García Sánchez en las páginas de El País.En Perico no se entiende el triunfo sin sufrimiento ni incerdidumbre. Hasta hay apoteosis en la derrota, como bien saben los hinchas del Atleti o sabían los de Rafael de Paula, un artista de la espantá, que es una pájara antes de que suceda todo, de modo que nunca sucede nada. Ya de niños, Pedro Delgado vino a decirnos que la vida es un gozo chapoteando en el pozo y que, sea en Morzine o en Luz Ardiden, todo lo que sube baja.PublicidadAtrás quedaban las tardes pendientes de Marino Lejarreta, humilde y discreto, como también lo era Gino Bartali, quien ganó dos Tours con diez años de diferencia. La Segunda Guerra Mundial le había impedido disputar siete ediciones de la carrera, cuyo maillot amarillo volvió a enfundarse en 1948, cumplidos los 34 años. Una leyenda no tanto por el número de victorias, como por su manera de conseguirlas.Entre ambas entradas triunfales en París, no dejó de entrenar en su tierra. Sin embargo, las pedaladas por la Toscana escondían un secreto: la dirección que tomaba servía de guía a los fugitivos que huían de los fascistas y los nazis, al tiempo que ejercía de correo. Pese a que nunca lo reveló en vida, Bartali escondía en el cuadro y bajo el sillín de la bicicleta pasaportes falsos que permitieron escapar a 800 judíos.Confeccionados en imprentas clandestinas en los sótanos de conventos y abadías, Gino il Pio llevaba papeles y fotos hasta allí, recogía los documentos y los transportaba hasta las iglesias acordadas. Huelga decir que Bartali era un beato, aunque nunca se dejó seducir por la Democracia Cristiana, que lo quería en sus listas electorales. Y antes tampoco había comulgado con Mussolini, quien no dudó en apropiarse de su figura y lo obligó a no correr el Giro para preparar el Tour de 1938, el primero que ganó.PublicidadLa afición al ciclismo, auque sea de sillón y de salón, nos viene de aquellas tardes infantiles pegados al televisor. De las gestas del Monje Volador nos enteramos tiempo después, como también supimos que Paco, el del FM, corrió con Bahamontes antes de colgar la bicicleta para montar un bar en Madrid. Luego Lavapiés se convirtió en otra cosa, un cáncer cerró el local y él, ya octogenario, tuvo que enfrentarse a una amenaza de desahucio antes de morir.Qué oportuna aquella frase de Bartali: "No está bien especular con las desgracias de los otros". Aunque él la esgrimía cuando alguien trataba de investigar la gesta desconocida del ángel de los judíos. Lo había hecho porque, simplemente, era lo correcto, del mismo modo que escondió a los Goldenberg en su casa de Florencia. "Yo no he ganado mucho dinero e hice algunas inversiones equivocadas", le dijo al periodista Gianni Mura, "pero tengo garantizado un vaso de vino y que me choquen la mano en cualquier pueblo de Italia".