Es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores
Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.
Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha. La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote? Se dirá que el Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso es lo que significa el verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia gore; juzgamos a Cervantes por el Quijote, no por el Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es). Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.






