San Sebastián no siempre celebró agosto como lo hace hoy. La Semana Grande, una de las citas que marcan el verano donostiarra, nació en las últimas décadas del siglo XIX con un propósito bastante distinto al actual: atraer visitantes y prolongar su estancia en una ciudad que empezaba a descubrir en el turismo una nueva forma de prosperidad. Toros, música y fuegos artificiales terminarían dando forma a una fiesta cuyo nombre ha sobrevivido durante más de un siglo. Por qué se llama Semana Grande de San Sebastián El origen se sitúa hacia finales de la década de 1870, cuando San Sebastián trataba de dejar atrás las consecuencias de la tercera guerra carlista y consolidarse como destino de veraneo. La ciudad había ido abandonando progresivamente su antiguo carácter militar y comercial para aprovechar un fenómeno que estaba ganando fuerza: la llegada durante los meses estivales de visitantes con elevado poder adquisitivo, atraídos especialmente por los baños de mar. Pero la playa no bastaba para prolongar aquellas estancias. Hacían falta espectáculos y actividades capaces de llenar los días de verano, y ahí apareció una figura decisiva: José Arana. El empresario taurino impulsó festejos alrededor de la festividad de la Asunción y acuñó la expresión Semana Grande para promocionar aquellos días de celebraciones. Imagen de archivo de una corrida de toros durante la Semana Grande de San Sebastián, en la plaza de El Txofre, en 1950. (Fondo Car / Kutxa Fototeka) Toros, fuegos artificiales y música: así nació la fiesta La propuesta no tardó en funcionar. Las corridas de toros eran el principal reclamo, pero la Semana Grande no terminaba en la plaza: al caer la noche llegaban los fuegos artificiales y los conciertos en el Boulevard. El programa comenzó a atraer público de otros territorios, especialmente del sur de Francia, mientras San Sebastián ganaba peso como lugar de veraneo de las clases acomodadas. En 1887, la reina María Cristina comenzó a pasar los veranos en la ciudad, una costumbre que mantendría durante años y que quedó ligada a aquella etapa de esplendor. Durante décadas, toros, música y pólvora marcaron el ritmo de las fiestas, aunque los fuegos artificiales terminaron convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad del verano donostiarra. De una fiesta para veraneantes a una celebración popular La Semana Grande donostiarra que ha llegado hasta nuestros días tiene poco que ver con aquella celebración concebida para atraer a los veraneantes. A medida que aquel modelo turístico perdió peso, las fiestas también cambiaron. El punto de inflexión llegó en 1973, con el derribo de la plaza del Chofre y la pérdida del protagonismo que durante décadas habían tenido las corridas de toros. La programación se abrió entonces a propuestas más populares y la música, el folklore, las verbenas y los fuegos artificiales fueron ganando terreno en las calles. La fiesta cambió de público y de carácter, pero mantuvo intacto el nombre con el que José Arana quiso promocionarla más de un siglo atrás: Semana Grande, hoy una de las citas imprescindibles del agosto donostiarra. San Sebastián no siempre celebró agosto como lo hace hoy. La Semana Grande, una de las citas que marcan el verano donostiarra, nació en las últimas décadas del siglo XIX con un propósito bastante distinto al actual: atraer visitantes y prolongar su estancia en una ciudad que empezaba a descubrir en el turismo una nueva forma de prosperidad. Toros, música y fuegos artificiales terminarían dando forma a una fiesta cuyo nombre ha sobrevivido durante más de un siglo.