Opinión

Plumas invitadas

Pluma invitadaSin la reflexión filosófica y sin las preguntas últimas que tradicionalmente ha custodiado la teología, la ciencia corre el peligro de convertirse en un inmenso poder sin brújula.

El extraordinario éxito de la ciencia experimental le ha otorgado una legítima autonomía para investigar la naturaleza con sus propios métodos. Sin embargo, autonomía no significa autosuficiencia.

Para comprender esta idea, puede ayudarnos la siguiente imagen, que ilustra de manera sencilla un aspecto fundamental de la historia intelectual de Occidente. Imaginemos una familia. La filosofía es la madre. Durante siglos educó a Europa en el amor por la verdad, la lógica y el razonamiento. Enseñó a distinguir entre la apariencia y la realidad, a buscar las causas de las cosas y a confiar en que la razón humana puede comprender el mundo. Desde la búsqueda del arjé, el principio último de la realidad, hasta la investigación de las causas primeras de toda la creación, la filosofía formó una manera de pensar que hizo posible el desarrollo del conocimiento. El padre es la teología cristiana. Fue él quien transmitió una idea revolucionaria: el universo no es divino; es una creación. Dios no se identifica con la naturaleza, sino que la ha creado libremente. El mundo posee un orden racional porque procede de una Inteligencia racional. Además, como Dios creó el universo libremente, sus leyes no pueden deducirse únicamente mediante la especulación filosófica: deben descubrirse observando la realidad. De ahí nace la importancia de la experiencia y del método experimental. De la unión de estas dos tradiciones nació un hijo: la ciencia moderna. No heredó todo de la filosofía ni todo de la teología. Recibió de la primera las herramientas del pensamiento racional; de la segunda, la confianza en que el universo es inteligible y digno de ser investigado. Sin una de las dos, difícilmente habría llegado a desarrollarse como lo hizo. Como todo hijo, la ciencia creció. Durante siglos dependió de sus padres. Los primeros filósofos de la naturaleza no veían contradicción entre investigar la naturaleza y creer en Dios. Al contrario, pensaban que estudiar el universo era una forma de leer la obra del Creador. La filosofía seguía proporcionando el marco lógico del pensamiento, mientras que la teología ofrecía el horizonte metafísico que daba sentido a esa investigación.