Un día recibes algún correo, o una llamada telefónica al despacho, o se te acerca alguien después de una conferencia que educadamente te solicita unos minutos de tu tiempo. Te explica que, aunque no se dedica a la ciencia profesionalmente, ha leído mucho del tema y que ha tenido tiempo para elaborar su teoría, que invariablemente va a provocar un seísmo en los anquilosados cimientos de la ciencia establecida. Normalmente no son pequeños detalles, suelen ir a lo grande. Tienen una teoría alternativa al Big Bang, a la evolución darwinista o han descubierto que las leyes de la termodinámica no son correctas y saben cómo diseñar una máquina de movimiento perpetuo que acabará con el problema energético del mundo. A veces son teorías muy abstractas. Otras son más elaboradas y detalladas…, pero no han reparado en un problema de inicio que hace que toda su teoría caiga como un castillo de naipes, un fallo achacable a su propia falta de experiencia en el campo. Una vez fui testigo de cómo un profesor de Física se reunía con mi director de tesis, experto en transporte a través de membrana celular, porque había desarrollado una teoría según la cual el calor que se desprende del propio metabolismo de la célula podía tener un papel fundamental en ese transporte, y no la diferencia de potencial eléctrico que se produce en la membrana como se pensaba en ese momento. La teoría era plausible, pero la experimentación había demostrado que si inhibes el potencial eléctrico de la membrana, el transporte se para por completo. Al explicarle este detalle, el profesor de Física reconoció que su idea no tenía sustento experimental y se dio por satisfecho.No todo el mundo acepta los argumentos que refutan su teoría de buen grado. En España tuvimos a un reputado escritor y periodista que aseguraba haber inventado un sistema para desalar agua de mar a un menor coste energético. El sistema era plausible, pero el balance energético estaba mal calculado y no ahorraba nada respecto a los sistemas que estaban en uso. Hay otro caso notable de un empresario dedicado al sector de la iluminación que aseguraba haber revolucionado la óptica al inventar un nuevo sistema de medición del color. Se convirtió en una presencia habitual en todos los congresos nacionales y en alguno internacional de óptica. Hoy hay una calle de una capital de provincia española que lleva su nombre precedido del apelativo de “científico”, a pesar de que esa nunca fue su actividad profesional. Durante la pandemia de la covid, sufrimos otra epidemia de teorías alternativas y de tratamientos fuera de “la ciencia oficial” que en algunos casos tuvieron consecuencias trágicas.Si tuviéramos que elegir un caso extremo de habitante de los alrededores de la ciencia, este sería el del búlgaro Stefan Marinov. Nacido en Sofía en 1931, Marinov tuvo una sólida formación académica como físico, obteniendo un doctorado en Física Teórica. Sin embargo, dedicó toda su carrera a desafiar todas las leyes de la física existentes, desde la relatividad de Einstein hasta los principios de la termodinámica. Pasando por la gravitación universal de Newton y la conservación de la masa y de la energía.Marinov construyó varias máquinas de movimiento perpetuo, convencido de que el segundo principio de la termodinámica podía ser violado si se encontraba el mecanismo adecuado. Desarrollaba teorías alternativas que exponía en cartas que enviaba a las revistas científicas más prestigiosas del mundo, exigiendo que sus investigaciones fueran publicadas. Cuando vio que no iba a conseguir superar una revisión por pares, optó por una alternativa exótica. Contrataba páginas de publicidad en las revistas Science y Nature donde exponía que toda la física actual estaba equivocada. En los años ochenta, ya instalado en Austria tras salir de la Bulgaria comunista y vivir en Bélgica o Estados Unidos, Marinov fundó su propia revista, Deutsche Physik, como tribuna para él y otros disidentes científicos. Vivió hasta el final de sus días obsesionado con obtener reconocimiento, aunque no hizo ninguna aportación relevante. La realidad es que ninguno de sus inventos basados en su propia física fue rentable y se ganó la vida como cuidador de caballos. Su hijo llegó a ser viceministro de Industria en Bulgaria. Pasos para cuestionar lo establecido— Si piensa que ha desarrollado una teoría que puede revolucionar la ciencia, haga un sencillo control de calidad. ¿Su teoría es capaz de explicar los hechos observados?— Si quiere cuestionar el Big Bang, piense que su teoría debe ser capaz de explicar la radiación de fondo del universo y la expansión del universo.— ¿Su teoría implica la creación de masa o energía de la nada? Si para cuadrarla tiene que violar algún principio de la termodinámica…, lo más posible es que sea incorrecta.— Si su idea ha superado estos sencillos checkpoints, trate de publicarla en una revista científica con revisión por pares. Quizás se encuentre en lo cierto.
El curioso caso de los científicos que se empeñan en desafiar las leyes de la ciencia
El entusiasmo por la ciencia a veces viene ligado a una mente inquieta que cuestiona las grandes teorías que explican el mundo. En ocasiones ese afán crítico acaba formulando las teorías más descabelladas.







