Quienes han seguido la carrera de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) y admiran su exquisito manejo del lenguaje no se defraudarán con su nueva novela, Malas lenguas, una densa trama que gira alrededor de un hombre obsesionado con la biografía sobre un escritor llamado Baldó.Pero no es el personaje central de la biografía el foco de sus desvelos. Quien interesa al narrador es un personaje secundario, Bernal. Por lo que sostiene a través de su maliciosa fantasía, el narrador siente que Bernal, de quien además ha sido amante ocasional, ha sido devaluado, reducido en esas páginas a un rol de mero comparsa.Pauls despliega una trama que transcurre más bien en la serpenteante dialéctica del narrador, en sus recuerdos mezquinos y sensaciones amargas. Se trata de un protagonista, también él escritor, como Baldó y Bernal, de imaginación desbordante pero desenfocada, orientada menos a la creación literaria que a encasillar en su interior, con cáustica ironía, a cada ser con que se cruza.Así va desfilando el sinfín de personajes con los que se relaciona, sujetos también ellos de dudosas virtudes, éticas y profesionales, vinculados al mundo editorial: editores, escritores, profesores, críticos, conferencistas, bibliotecarios, en cuyas acciones se dibujan los pretenciosos contornos que visten el ambiente y de esa vida de escritor que todos de alguna manera comparten y donde presumen ser más de lo que son en realidad.Porque ese es el lugar en el que se mueve Malas lenguas, donde pivotea sin cesar, el mundillo literario, con su elenco estable de gente de letras con más o menos luces que entra y sale de la vida del narrador, mientras él, de quien no sabemos el nombre, se esmera en evocar a Bernal.“Me di cuenta que lo releía con el afán de destronarlo, como si bajándolo del pedestal donde lo había puesto pudiera probarme que lo que estaba en juego no era un simple hechizo ni yo una simple víctima”, dice sobre su figura icónica en un pasaje de la novela.Distinto es lo que les reserva a los demás, a sus colegas, incluso a la distancia, distancia espacial o temporal, lo mismo da. Como al recordar cierta época en que, según cuenta, “estaba en guerra con el teléfono”, y, fuera de sí, cuando oía sonar el timbre se le tiraba encima, “menos para hablar con el idiota de turno que para que dejara de sonar”.Crítica al ambiente editorial, exploración del género biográfico, retrato de artistas eternamente adolescentes, por no decir infantiles, todo eso es Malas lenguas. Sus piruetas lingüísticas, los rencores y aversiones del protagonista, sus insólitos y fulminantes encuentros sexuales, envuelven al lector, que sale de la novela con la riqueza de una experiencia que exige pero también premia.Malas lenguasAlan PaulsRandom House320 páginas$ 38.999IdeasLibros
Reseña. Malas lenguas, de Alan Pauls
Trama en torno de obsesiones y circuitos literarios






