Nigel Farage es un político nervioso y acosado. Quizás se sienta animado por haber conseguido algo más de votos que en las elecciones generales de hace dos años, en una votación parcial boicoteada por los principales partidos de Reino Unido. Esto a pesar de que la participación fue de 10.000 personas menos, con la abstención que alcanzó el 55%. Pero nunca hubo duda de que iba a ganar una elección parcial que convocó simplemente para desviar la atención sobre su regalo personal no declarado de 5 millones de libras esterlinas (5,8 millones de euros) de un criptomultimillonario tailandés y las donaciones de un estafador convicto.

Farage eligió la circunscripción de Clacton (sur de Inglaterra) como plataforma de lanzamiento parlamentario por una razón. Fue allí donde su anterior partido, el UKIP, logró su avance decisivo en la elección parcial de 2014. Es uno de los distritos electorales más favorables al Brexit en toda Gran Bretaña, mientras que Electoral Calculus estima que casi ningún otro distrito es tan derechista.

Cuando visité los centros de votación, encontré a una gran cantidad de votantes que se mostraban desafiantes ante los escándalos de Farage. No veían ningún problema en que un político recibiera dinero a manos llenas de un multimillonario extranjero, argumentando que Farage se lo merecía por ser un “buen hombre” e, incluso, sugiriendo que podría invertir ese dinero localmente. Se creyeron la narrativa de que el establishment estaba en contra de su candidato, como si un millonario ex corredor de bolsa de la City de Londres, amigo ocasional del presidente estadounidense, fuera un forastero valiente.