El protocolo estaba cronometrado. Una sala amplia con tres de los hombres más poderosos del mundo musulmán, cada uno sentado en una mesa: en el centro, el ya líder hegemónico del mundo árabe, así sea por petrodólares, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman. A su izquierda, Shehbaz Sharif, primer ministro de Pakistán, el único país islámico con una bomba atómica. A su derecha, Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía y aspirante a un liderazgo moral como hijo (desheredado) del Imperio otomano. Sendas señoritas de negro les colocan delante el pacto: todo ataque armado contra cualquiera de los tres Estados se considerará un ataque contra todos. Firman. Luego irán a la mezquita del palacio para rezar juntos. Todo está perfecto. Ahora solo falta un enemigo. ¿Quién es el enemigo? Esta pregunta se la hacen en los días siguientes analistas de los cuatro puntos cardinales, sin llegar a una conclusión. La opción más comentada es Irán, que queda rodeado: linda con Pakistán al este y Turquía al oeste, y justo enfrente tiene a Arabia Saudí, eterno rival geopolítico. Desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la guerra contra Irán en febrero pasado, Arabia Saudí ha sido blanco de sus contraataques, principalmente dirigidos contra bases estadounidenses en suelo saudí, pero causando también daños en infraestructuras petrolíferas. ¿Cree Riad que salir flanqueado por dos primos musculosos pondrá fin a los drones y misiles iraníes? Si Teherán no se amilana ni ante el flequillo de Donald Trump y la potencia de fuego estadounidense, ¿le asustarán sus vecinos? Sabemos que no. Riad e Islamabad firmaron un pacto de mutua defensa ya en septiembre pasado, y todo lo que conocemos del papel de Pakistán en la guerra de Irán es su papel de mediador. Es cierto que en mayo, Islamabad envió un escuadrón de cazas, un sistema de defensa aérea y 8.000 soldados a Arabia Saudí, pero sin anunciarlo públicamente, y sin que quedara muy claro para qué, dado que ni cazas ni tropas sirven para defenderse contra los misiles y drones iraníes. Una entrada oficial de Pakistán en la guerra habría tenido un aspecto muy distinto: lo clásico sería un ataque por el flanco, aprovechando la frontera común. TE PUEDE INTERESAR Pero esto es imposible, porque en esta frontera, el vecino vulnerable es Pakistán. Mil kilómetros y varios desiertos separan Teherán del territorio paquistaní e incluso el estrecho de Ormuz está a 500 kilómetros, mientras que la región fronteriza del Beluchistán paquistaní no solo produce el 20 % del gas natural de Pakistán, sino que es también una estratégica área de de tránsito para conectar el puerto de Gwadar en el golfo Pérsico con China. Ya está el Beluchistán lo suficientemente revuelto con guerrillas locales como para exponerlo a una guerra de verdad. Turquía tiene aún menos opciones de enfrentarse con Irán, porque su economía depende de ser considerado un país estable con bajo riesgo geopolítico; unos días de intercambio de misiles con Irán dejarían anulado el sector del turismo, que representa el 11 % del PIB turco, el doble que la agricultura. Es inasumible. No sorprende que el ministro de Exteriores, Hakan Fidan, se apresurara el mismo sábado a salir en televisión para declarar: "Subrayo que Irán no es el objetivo de esta alianza". En Teherán acusaron recibo. "No hay motivos para temer que el acuerdo esté dirigido contra Irán", corroboró el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Ismail Bagaei, el lunes. Todo en paz. Podemos estar seguros de que, en caso de una nueva ronda de combates en el Golfo, Ankara encontrará excusas para no meterse. Ni tampoco parece verosímil que tenga especial interés en despachar tanques hasta el Punyab en el próximo episodio de escaramuzas entre Pakistán e India. TE PUEDE INTERESAR Contra los hutíes en Yemen, cada día más envalentonados frente a Arabia Saudí, Turquía podría intervenir, pero es dudoso que haga falta —Pakistán no ha acudido por ahora— y Erdogan probablemente querrá evitar una campaña militar oficial, porque el discurso antiisraelí de los hutíes despierta simpatías en el electorado de su partido, el islamista AKP. De todas formas, como los hutíes no están reconocidos como Gobierno de Yemen, sino como rebeldes y bandidos, tampoco hace falta firmar un pacto formal para esto. Pero entonces, ¿por qué han firmado? Mejor dicho, ¿cuál es el interés de agregar a Turquía a un pacto bilateral existente, que, por ahora, parece haber tenido muy poco efecto en la región? Para Arabia Saudí y Pakistán, tener a Turquía en el barco puede ser un simple golpe de efecto para dar lustre diplomático a su alianza. No porque alguien en el mundo árabe crea aún en el califato otomano —solo en el subcontinente indio le tienen una curiosa e inexplicable nostalgia—, sino porque Turquía es un país casi europeo, casi democrático, casi primermundista, y encima de la OTAN. Aporta prestigio. Que es lo único de lo que carece el dúo formado por una potencia nuclear y un pozo de petrodólares arenoso. Distinta es la pregunta cuál es el interés de Turquía. ¿Tiene algún enemigo contra el que le blindará esta alianza? TE PUEDE INTERESAR Rusia no es. Para protegerse contra Rusia, Ankara ya tiene a la OTAN y además, Erdogan prefiere ver a Moscú más como amigo geopolítico y socio comercial que como potencial adversario. De hecho, tiene la OTAN también para una aún más hipotética amenaza de Irán, que no es verosímil ni a largo plazo, visto que la frontera compartida lleva estable los últimos 500 años. Irak nunca ha sido rival y Siria ya es casi un protectorado turco. Hay solo dos países con los que Turquía se lleva mal y ante los que la OTAN no le sirve de nada. Uno es Grecia y el otro es Israel. Hacer ruidos de sables y lanzar al ruedo el latinajo "casus belli" como si fuera un tridente es tradición entre Ankara y Atenas, pero siendo ambos miembros de la OTAN, a ninguno se le ocurrirá disparar con fuego real, y mucho menos meter en medio a un tercer país... ya que entonces Atenas sí podría invocar el artículo 5 de la OTAN. Y lo mismo vale para Israel, que no tiene la Alianza Atlántica, pero sí el AIPAC, el organismo estadounidense que garantiza, prodigando mucho dinero, que la inmensa mayoría de los congresistas del Capitolio pongan los intereses de Israel por encima de los norteamericanos. Ni Mohamed bin Salman ni Shehbaz Sharif moverían un dedo si Turquía e Israel llevaran su confrontación, ya sea en Palestina, en Líbano o en Siria, más allá de los enardecidos discursos destinados al electorado. Por supuesto, la prensa turca adicta al Gobierno, especialmente la islamista, ha jaleado el pacto como "la alianza más poderosa del mundo islámico" y como "mensaje desde La Meca" ante "las crecientes agresiones sionistas"; a falta de una postura más oficial desde Tel Aviv ha circulado un mensaje del ministro israelí de la Diáspora, el ultraderechista —para parámetros israelíes, que ya es decir— Amichai Chikli, que describe la alianza como "preocupante" y "peligrosa". Pero esto también son declaraciones, en ambos bandos, para la galería. Los analistas turcos más serios creen que el pacto tiene mucha luz verde de Trump e incluso juega a su favor al encuadrar una Turquía a ratos díscola en un pacto liderado por dos grandes aliados estadounidenses. No faltan titulares que interpretan el Acuerdo de La Meca como muestra de que el "mundo islámico" empieza a organizarse por su cuenta, al margen del paraguas estadounidense, pero para afirmar esto habría que esperar —mejor sentado— el primer movimiento militar de Riad o Islamabad contrario a intereses de Washington. También intriga la afirmación de Turquía de que el acuerdo está abierto a más países que se quieran sumar; especialmente Egipto. Esto subrayaría el carácter exclusivamente simbólico de la nueva Alianza: solo hay una cosa más ineficaz, en términos diplomáticos y políticos, que la Liga Árabe, y es la Organización de la Cooperación Islámica. Ambos organismos nacen de una muy forzada ficción ideológica, la primera del panarabismo, convencido de que hablar la lengua árabe —en realidad: una de las ocho lenguas árabes— convierte a muy diversos pueblos en una sola nación, y la segunda, del panislamismo, que con su extemporánea insistencia de considerar la religión como factor diplomático. El simbolismo de lengua y religión no puede reemplazar la voluntad política con la que los países europeos han forjado un acercamiento de sus intereses. Desde la fundación de la Liga Árabe en 1945, media docena de guerras, o de guerras civiles con intervención foránea en bandos enfrentados, han tenido lugar entre los miembros del propio organismo, y siguen teniendo lugar (véase Libia). Es fácil de entender mirando un gráfico económico: entre los cinco primeros destinos de exportación de cualquier país de la UE, cuatro suelen ser países europeos. En la parte asiática del mundo árabe, solo dos de los primeros cinco, como promedio, son miembros de la Liga Árabe, y el número baja a 1 en Túnez, Libia y Mauritania, mientras que el primer cliente árabe de Argelia aparece en el puesto 9, y el primero de Marruecos, en el puesto 25. Simplemente no hay intereses compartidos. TE PUEDE INTERESAR Para encontrar el verdadero interés de Turquía en el Acuerdo de La Meca es útil fijarse en media línea presente en la primera nota de prensa de Ankara y el tuit de Erdogan que celebraron la firma pero ausente del comunicado conjunto oficial: el pacto, aparte la defensa mutua, contribuiría a "desarrollar proyectos compartidos de la industria de defensa", escribió el mandatario turco. La industria militar es la niña de los ojos del presidente: fomenta desde hace más de una década las inversiones en el sector, tanto público como privado, con el discurso de que Turquía no debe depender del extranjero, pero con la mirada puesta en el negocio. En el periodo 2021-2026, Turquía ha duplicado su exportación de armas respecto al lustro anterior, alcanzando el puesto 11 mundial; en 2025 exportó armas por valor de 10.500 millones, diez veces más que en 2010, y la búsqueda de mercados es una prioridad nacional. Ya hay acuerdos conjuntos de producción en España e Italia, y en la reciente cumbre de la OTAN en Ankara en julio, el Gobierno turco se esforzaba para dedicar la primera de las dos jornadas casi íntegramente a una feria de armamento. Su principal objetivo es la conquista del mercado europeo, que se intuye hambriento tras las últimas trumpadas, pero ahí afronta el obstáculo de las normas comunitarias que priorizan la compra a países de la UE. Por ahora, sus máximos clientes son Pakistán, Emiratos y Ucrania, pero no puede pasar por alto que Arabia Saudí es el tercer mayor importador de armas del mundo en el último lustro. Por ahora compra a Estados Unidos, Francia, España y Corea del Sur... ¿no habrá un hueco ahí? Un acuerdo de mutua defensa no obliga a comprar nada, pero el tuit de Erdogan muestra la esperanza de que el acercamiento diplomático facilite concluir negocios en el sector. Basta con repasar sus discursos sobre la OTAN en los últimos años, especialmente respecto al acceso de Suecia, para hallar este enfoque comercial. Y es que la industria de armamento es uno de los pocos sectores en el que la capacidad de competir con otros productores se evalúa al margen de los factores que lastran la manufactura turca, como la inestabilidad de la moneda, el encarecimiento por una inflación fuera de control y la inseguridad jurídica del sistema. Las fábricas de armamento turcas, que por ahora representan casi el 4 % de las exportaciones de Turquía, se han convertido en una casa de acuñar moneda sólida, o como se decía antes, en una ceca. No sorprende que para mantener esa liquidez, Erdogan viajara hasta La Meca.
Arabia Saudí, Pakistán y Turquía cierran un nuevo pacto de Defensa. Ankara es quien se frota las manos
Riad, Islamabad y Ankara sellan una defensa conjunta que apunta más al escaparate: blindar negocios militares turcos y ganar prestigio, sin señalar a un adversario claro













