El primer comité de emergencia COBRA del Gobierno británico de Andy Burnham no ha estado dedicado a la crisis migratoria, ni al cierre del estrecho de Ormuz, ni a las crecientes tensiones en las relaciones transatlánticas. La primera crisis que ha obligado al nuevo primer ministro británico a reunir este miércoles a sus principales ministros y responsables de emergencias alrededor de la mesa de Downing Street ha sido la falta de agua. La imagen de una Inglaterra eternamente gris, verde y lluviosa empieza a pertenecer al pasado. El 71,3% del territorio se encuentra ya en condiciones de sequía después de registrar el julio más seco desde que comenzaron los registros en 1836. Unos 45 millones de personas viven en las zonas afectadas y más de 27 millones están sometidas a restricciones de agua. Reino Unido atraviesa además esta semana su quinta ola de calor del verano, con temperaturas que pueden alcanzar los 38 grados, y la oficina de meteorología, Met Office, considera "cada vez más probable" que 2026 termine convirtiéndose en el verano más caluroso de su historia. Pero la gravedad de lo que está ocurriendo no se mide únicamente en embalses, ríos o milímetros de lluvia. Se mide cada vez más en libras y empieza también a medirse en votos. Las cuatro primeras olas de calor han provocado al menos 4.400 millones de libras en pérdidas de producción; la factura por importar electricidad de Europa aumentó un 54% en apenas un mes; y los agricultores advierten de futuras subidas en el precio de los alimentos. Para Burnham existe además una incómoda derivada política. Varios diputados laboristas amenazan con rebelarse si permite seguir adelante con Rosebank y Jackdaw, dos grandes proyectos de petróleo y gas en el mar del Norte. En medio del verano más seco en casi dos siglos, consideran difícil justificar nuevas explotaciones de combustibles fósiles. Y a nadie se le escapa el cálculo electoral: parte del reciente "Burnham bounce" procede de recuperar a votantes laboristas desencantados que se habían acercado a los Verdes y para quienes el clima constituye una prioridad. Cualquier decisión percibida como un retroceso en el net zero corre el riesgo de empujarlos de nuevo hacia los ecologistas, justo cuando Labour ha conseguido situarse por primera vez desde marzo del año pasado por delante del populismo de Nigel Farage, al frente de Reform UK, en el promedio de las encuestas. TE PUEDE INTERESAR En definitiva, la sequía ha dejado así de ser una anomalía meteorológica para convertirse en un problema económico, alimentario, energético y político. Y está exponiendo una vulnerabilidad más profunda: cuánto le cuesta a una economía, unas infraestructuras y unos servicios públicos diseñados para un país templado y húmedo funcionar bajo episodios cada vez más prolongados de calor extremo. El primer impacto ya se mide en miles de millones. El think tank progresista Verdant calcula que las cuatro primeras olas de calor han provocado pérdidas de producción de al menos 4.400 millones de libras. La de mayo habría costado unos 510 millones; la de junio, la más severa, 2.360 millones; y la de julio, otros 1.500 millones. TE PUEDE INTERESAR El golpe resulta especialmente preocupante para una economía que lleva años intentando escapar de su problema crónico de baja productividad. Aunque el PIB ha registrado algunos avances en los últimos meses, el crecimiento sigue siendo débil e irregular y la propia Oficina Nacional de Estadística reconoce que la productividad avanza a un ritmo muy inferior al observado antes de la crisis financiera de 2008. Una investigación independiente del Grantham Research Institute de la London School of Economics señala que solo durante la ola de calor de junio se perdieron 24 millones de horas de trabajo, con un coste estimado de 1.150 millones de libras en producción. El sistema energético ofrece otra medida del coste. Reino Unido pagó 439 millones de libras por importar electricidad de Europa en mayo, frente a 285 millones en abril. Son 154 millones adicionales en apenas un mes, un incremento del 54% y la mayor factura mensual registrada fuera de los niveles extraordinarios de la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania. El récord coincidió con la primera ola de calor, entre el 22 y el 31 de mayo, y se espera que los datos de junio, julio y agosto reflejen también importaciones elevadas. TE PUEDE INTERESAR Aquí aparece una de las paradojas de la transición energética británica. Reino Unido ha multiplicado su capacidad eólica, pero las olas de calor pueden coincidir con largos periodos de poco viento. Cuando cae la generación doméstica, aumenta la dependencia de la electricidad importada de Europa, principalmente de Francia. Y el calor también presiona los precios en el continente, obligando a Londres a comprar más precisamente cuando la energía es más cara. A ello se suma el hecho de que, tras el Brexit, Reino Unido quedó fuera del sistema europeo de acoplamiento automático del mercado eléctrico, haciendo el comercio transfronterizo menos eficiente y más costoso. Pero probablemente sea en los supermercados donde los británicos perciban de forma más directa las consecuencias. La National Farmers' Union (NFU), principal organización agraria del país, ha advertido de posibles problemas de abastecimiento si persiste el tiempo seco. Los rendimientos de las cosechas están siendo pobres, los productores de frutas y verduras tienen dificultades para conseguir agua para el riego y los ganaderos han empezado a utilizar en pleno verano el forraje almacenado para alimentar a sus animales durante el invierno. Recoger antes tampoco significa producir más. Julio dejó apenas 6,5 milímetros de lluvia en Inglaterra, alrededor del 10% de la media habitual, y 19 condados recibieron un milímetro o menos durante todo el mes. TE PUEDE INTERESAR El primer cambio para el consumidor está siendo visual. La sequía produce frutas y verduras más pequeñas, torcidas o deformes y los supermercados están relajando sus criterios habituales de tamaño, forma y color para aprovechar alimentos perfectamente comestibles y evitar la imagen de baldas vacías. Después llegará el precio. El presidente de la comisión de Medio Ambiente y Agricultura de la Cámara de los Comunes, Alistair Carmichael, ha advertido de que "los problemas de los agricultores hoy serán los problemas de los consumidores dentro de seis o doce meses", señalando especialmente la caída del rendimiento del trigo y la cebada. En la ganadería, el efecto puede tardar todavía más en aparecer. Si los productores consumen ahora las reservas destinadas al invierno tendrán que comprar alimento adicional durante los próximos meses. Ese incremento de costes acabará trasladándose a la carne: la sequía de 2026 puede llegar así hasta los filetes y hamburguesas de las barbacoas de 2027. TE PUEDE INTERESAR La presión alcanza también a los servicios de emergencia. El Fire Brigades Union (FBU) habla de un "verano sin precedentes" de incendios forestales y reclama que disponer de suficientes efectivos y equipos adecuados se convierta en una "prioridad nacional". Su secretario general, Steve Wright, recuerda que Reino Unido cuenta con unos 12.000 bomberos menos que en 2010. El problema vuelve a ser de adaptación. Un riesgo asociado tradicionalmente al Mediterráneo empieza a exigir recursos permanentes en Reino Unido. Y hay un dato especialmente revelador sobre el punto de partida: solo 20 de los 6.613 empleados del departamento británico de Medio Ambiente (Defra), apenas el 0,3%, trabajan específicamente en adaptación climática. Es precisamente ahí donde la emergencia entra de lleno en Downing Street. Burnham ha prometido un enfoque «más pragmático» sobre la explotación de petróleo y gas en el mar del Norte. El foco está en Rosebank y Jackdaw, dos grandes proyectos que recibieron licencias bajo los conservadores pero que continúan pendientes de nuevas decisiones después de distintos litigios. Técnicamente, el premier podría argumentar que autorizarlos no incumple la promesa laborista de no conceder nuevas licencias porque las de ambos proyectos ya fueron otorgadas. Políticamente, la distinción resulta bastante más difícil de defender. De momento, Burnham se limita a señalar que «las preguntas más importantes, obviamente, surgirán en el momento oportuno». TE PUEDE INTERESAR ¿Por qué asumir entonces el coste político? La industria del mar del Norte presiona al premier con un argumento económico y de seguridad energética: si Reino Unido seguirá necesitando petróleo y gas durante años, sostiene, es preferible producirlos en casa que importarlos, preservando además empleos, inversión e ingresos fiscales. La guerra con Irán y el cierre de Ormuz han dado todavía más fuerza al argumento de reducir la dependencia exterior. Sus críticos cuestionan, sin embargo, esa lógica. Los hidrocarburos británicos se comercializan a precios internacionales, por lo que aumentar la producción doméstica no garantiza facturas más bajas. También rebaten el argumento del empleo: Jackdaw generaría apenas 27 puestos directos a tiempo completo una vez operativo. Rosebank tendría una escala muy superior, pero también una huella climática mucho mayor: podría generar alrededor de 250 millones de toneladas de CO₂, aproximadamente las emisiones británicas de diez meses. Más de 50 científicos han pedido al Gobierno que rechace ambos proyectos y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, ha reclamado a Burnham que mantenga sus compromisos climáticos, recordándole que como alcalde de Greater Manchester, el ahora primer ministro defendió alcanzar la neutralidad de carbono en 2038. El primer COBRA de Burnham puede gestionar por tanto la emergencia de este verano. Pero el verdadero desafío económico y político empieza cuando Reino Unido tiene que asumir que estos veranos están dejando de ser excepcionales.