13 de agosto, 2026 - 08h00Ojalá que los ecuatorianos no sigan encerrando en la palabra cultura solo los productos de las bellas artes, sino que crean y sientan que bajo el concepto nacen todas las expresiones espirituales de una comunidad, que quedan plasmadas en objetos e ideas reveladores de identidad, idiosincrasia y anhelos. Por eso, las iniciativas de variado tipo permean la cultura y van de la mano de ella. En estos días, cuando una película recuerda a los receptores los orígenes griegos de Occidente y que un poema extenso de hace 2.800 años les sigue diciendo cosas a las personas, desde la interpretación que un re-creador de la historia, discutimos con él porque todos los conocedores podemos emprender el ejercicio de pensar sobre esa nueva versión. He allí un ejemplo de cuán arraigadas están en nuestro subconsciente las nociones que interiorizamos temprano.El producto cultural que más prestigio tiene es el libro –precisamente La Odisea nos llegó impresa hace siglos–. Los que leemos con voracidad toda la vida estamos convencidos de que tal objeto nos inserta en ondas de cultura nacional e internacionalmente y nos convierte en ciudadanos del mundo, luego de la operación –también cultural– de la traducción. Por eso, pese a pasos limitantes de Gobiernos, ideologías y alternancia con otras formas de expresión, los libros siguen estando en un lugar socialmente destacado para educar, orientar y acompañar la vida. Aunque Ecuador haya sido país invitado en la Feria Internacional de Lima, hace escasos días, el libro nacional combina su existencia desde orígenes privados y oficiales, más del primero. La reducción de editoriales es visible, las instituciones lo dejan como tarea secundaria y los escritores aspiran a editoriales extranjeras para salir a una luz de foco más amplio. Lo habitual es que los autores sufraguen sus propias ediciones y sean los difusores de sus obras. Las noticias que vienen de fuera nos familiarizan con escritores notables, con títulos atractivos, pero todo está dirigido al lector hecho. ¿Cómo multiplicamos a los lectores, cómo llegamos a esas edades en que la curiosidad primeriza se nutre de la belleza de la literatura infantil? Hubo tiempos en que desde los ministerios de Educación y Cultura se consideró que las campañas de lectura eran tareas que les correspondían y que los instigadores de esta noble labor requerían estar preparados para colar dentro de cualquier organización momentos de recreación educativa con libros en las manos. Estuve muy cerca de esas campañas. Ahora todo es recuerdo de fallidas intenciones.Ahora nos alegramos con cada libro nuevo, con que se premie a escritores que no han claudicado en su vocación, como es el caso del flamante Premio Eugenio Espejo en la figura del lojano Carlos Carrión. Que crezcan los clubes de lectura y que los autores sean accesibles a conversar con quienes deben desacralizar la tarea de escribir y verla como una acción que emerge del corazón de la vida. Estando próximos a la FILGYE, esperamos que esos 5 días anuales inyecten nuevas curiosidades y actualicen fuentes de donde se pueden elegir lecturas. Y todo esto, por pensar en los libros. Los otros caminos de la cultura se dan simultáneamente y llaman. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Bajo el paraguas de la cultura | Columnistas | Opinión
El producto cultural que más prestigio tiene es el libro.








